Alemania versus Argentina


Enrique Vargas Peña (foto de Zeit.de)

Esta tarde las selecciones nacionales de fútbol de Alemania y Argentina definen cuál de ellas se quedará con la Copa del Mundo, tras haber disputado, ambas exitosamente, todas las etapas previas del Mundial Brasil 2014. 

Entre paréntesis, tengo la impresión de que poca gente podrá decir que Brasil organizó mal su Mundial, pues los que lo hemos seguido sistemáticamente hemos podido ver estadios espectaculares, casi siempre llenos; un seguimiento televisivo impecable y creativo y ningún incidente atribuible al evento propiamente, aunque los brasileños señalan que ha sido el campeonato más corrupto de la Historia por el dinero que dicen que se sobrefacturó en cada obra. 

Habrá sido corrupto por las sobrefacturaciones, pero al menos el Mundial Brasil 2014 no tuvo aún robos tan escandalosos como el de Argentina a Perú en el Mundial Argentina 1978, aunque podría arguirse que aquel penal cobrado a Croacia en su debut ante Brasil fue inventado. 

El resultado del partido final depende de numerosos elementos, muchos de los cuales no nos son conocidos: Hay discusiones internas en las federaciones, en los cuerpos técnicos, en los equipos, que inciden en el resultado de un partido que pocas veces toman estado público. Allí también operan, como en todo, las ambiciones, los resentimientos, las influencias y, por supuesto, la organización. 

Generalmente, aunque no siempre, una selección nacional de fútbol refleja a la sociedad a la que representa y es su resultado lógico. Esto ha sido profusamente analizado esta semana por comentaristas políticos brasileños tras la humillante derrota de su selección justamente frente a Alemania pero se prueba de un modo difícilmente controvertible por la habitual presencia entre las selecciones que llegan a los Mundiales a las de las sociedades mejor organizadas. 

A mi modo de ver el caso de la selección argentina, sin embargo, es muy particular. La sociedad argentina tiene algunos elementos, heredados aún de su época dorada (1870-1930), como su sistema educativo, que promueven individualidades que trascienden y superan la postración de su país. 

Eso explica que muchas individualidades argentinas triunfen en el mundo, sin que sus triunfos modifiquen la suerte de su país: Jorge Bergoglio, jefe de la Iglesia Católica; Máxima Zorraiguieta, reina de Holanda; Gustavo Santaolalla, compositor; Norma Aleandro, actriz; Luis Leloir, Nóbel de Química; Gustavo Ceratti, cantante; Guillermo Vilas, tenista, por citar algunos y, por supuesto, en el fútbol, muchos jugadores como Lionel Messi, tal vez, el mejor jugador del mundo ahora mismo. 

Creo que la selección argentina que disputará hoy la final del Mundial Brasil 2014 es más una suma de muchas individualidades extraordinarias como el propio Messi, a quien deben los argentinos gran parte de su presente éxito, que un equipo funcional ensamblado por el trabajo tenaz de un cuerpo técnico eficiente apoyado por una federación competente. 

Hemos visto partidos de la selección argentina bastante penosos, como el que a duras penas le ganó a la de Irán, lo que a mi modo de ver muestra que si las individualidades argentinas no están al cien por ciento, al equipo le cuesta bastante lograr el triunfo. 

Tengo entendido, aunque puedo estar errado pues soy solamente un hincha desde las gradas, que solamente tres integrantes de la selección argentina juegan en el fútbol argentino (Gago, Rodríguez y Orión). Todos los demás viven y juegan en sociedades europeas que tratan de ser responsables. 

La selección alemana que disputará hoy la final del Mundial parece, en cambio, mucho más eso último, un equipo funcional ensamblado por la dedicación de un cuerpo técnico eficiente en el marco de una federación seria. 

Obviamente, la selección alemana cuenta también con individualidades notables como Klose, Muller o Hummels, pero su importancia en el rendimiento de la selección no tiene el carácter decisivo que el de Messi tiene en la selección argentina o el de Neymar y Silva en la selección brasileña. 

La ausencia de estas individualidades es la razón inmediata, aunque no única ni principal, del descalabro brasileño. Sin sus individualidades sobresalientes, la selección brasileña no era un equipo destacable sino un conjunto de nivel medio, incapaz de competir bajo máxima exigencia. 

Soy hincha de Inglaterra por razones emocionales y a esta altura creo que lo seré siempre, como soy hincha de Olimpia; aunque Inglaterra y Olimpia sean más bien un desastre que hace sufrir y no gozar. Mi segundo equipo es Alemania desde hace mucho tiempo, también por razones totalmente emocionales que nada tienen que ver con el fútbol, porque admiro a la democracia alemana, porque me fascinan los paisajes de Alemania y porque una parte de mis ascendientes eran alemanes y en esta elección la razón tiene muy escasa influencia. 

Y no quiero que gane Argentina del mismo modo en que nunca deseo que gane Cerro, por razones emocionales que nada tienen que ver con el fútbol. Por eso una de mis grandes frustraciones en este Mundial fue la de ver derrotados a cada uno de los rivales de Argentina, por los que hinché fervorosamente. 

Aunque deseo fervientemente que hoy gane Alemania, cabe la posibilidad de que triunfe Argentina, pero si triunfa Argentina, será un triunfo de sus estrellas, particularmente de Messi, más que un triunfo de la organización argentina detrás de esta selección. 

En cambio, si se da el triunfo de Alemania, será el resultado del trabajo de gente seria, dedicada a una causa común; será el resultado del funcionamiento de un equipo. 

Artículo publicado en la edición del domingo 13 de julio de 2014 de La Nación (http://bit.ly/1zyw6Vt)
Artículos sobre el mismo tema en otros medios:
Ultima Hora “La Careta del Gigante” de Mario Vargas Llosa (http://bit.ly/1qwC5E0)
ABC “Fe En El Fútbol” de Gustavo Laterza Rivarola (http://bit.ly/1kkS5oU)