Democracia o Barbarie

Escrito por: Jorge Rubiani – jrubiani@highway.com.py

Y entonces… ¿cuál es la solución?; es la pregunta con la que concluye casi inevitablemente cualquier análisis crítico sobre la realidad nacional. La respuesta parece simple: tienen que funcionar las instituciones. Debe corregirse lo que está mal, eliminar lo superfluo o costoso, ineficiente e inútil. Acordar un plan, un proyecto nacional con alguna vía de escape para los problemas mas graves y acuciantes. Y esto sólo para empezar.
Si asumiéramos la tarea, nos enfrentaríamos sin embargo a dos dificultades: La primera es que para el funcionamiento de instituciones verdaderamente democráticas (que NO son -obviamente- las que tenemos), las mismas deben ser dirigidas por personas eficientes, instruidas, decentes e inmarcesiblemente honestas. Y la segunda es que entre lo costoso e inútil, están precisamente los organismos creados para que la democracia funcione.

La primera condición nos indica que en nuestro país el liderazgo no radica en aquellos valores, sino principalmente en el dinero. Detalle éste -al parecer- indispensable para “movilizarse” y ascender en la escala jerárquica de los partidos. En función a lo mismo y desde el poder, el Presidente y su corte reducen el ejercicio democrático a la interpretación libre y forzada de las normas, justificándose cualquier desmán con alegres alegaciones que en nada difieren de las esgrimidas en los peores momentos de la dictadura. Hoy igual que ayer, el “líder único” dispensa honores y favores, sentencia sobre ética y moral, ofrece lecciones de catecismo y prensa, hace uso irrestricto de los bienes del Estado y “capta” el cariño de la gente con apelaciones emocionales y representaciones del cachiain y del ñe’e tie’y (porque somos del pueblo y nos mostramos como el pueblo quiere) confinando la democracia al ámbito del imaginario popular y lejos de un ordenado sistema de convivencia.

Cualquier apunte superficial sobre el desenvolvimiento de las instituciones democráticas, nos recuerda que el gobierno no hace las cosas “porque el pueblo quiera” o “lo pida”. Las hace con el propósito de concretar el progreso general y gracias a un sistema de representación en el que el colectivo delega su voluntad en individuos con capacidad de liderazgo. Virtud que desde los tiempos de las cavernas se reconoce en aquellos con talentos o conocimientos superiores a los del resto de la comunidad. Que pueden anticipar los problemas o atenuarlos. Que dan seguridad, que pueden garantizar la convivencia. Todo dentro de un marco legal riguroso y justo, del que no se evade nadie, por desgraciada que fuera su condición, o por dinero que tenga.

En los pueblos apegados a esta “lógica”, el Ejecutivo tiene casi siempre el contrapeso de un Parlamento opositor. Y el que tuviera una eventual mayoría en las Cámaras, no se prevalecerá de la misma porque la verdadera Democracia reside -fundamentalmente- en el respeto a las minorías. Pero cuando rige el dinero como único sustento del liderazgo, un elenco de ignorantes, mesiánicos o corruptos, no alcanza a discernir estos fenómenos. Su falta de conocimientos y exceso de ambiciones sólo le permite ver su relación con el poder como una “oportunidad de negocios”. Y aun desde la cima, su complejo de inferioridad requiere de soportes emocionales mas explícitos; por lo que necesitan reclamar lealtades incondicionales o mayorías excluyentes. Y hasta se aprovechan de alguna mayoría circunstancial, de las debilidades democráticas y e algunos demócratas, para imponer “reformas” que desvirtúan completamente el sistema.

Y ahora … ¿cuál es la solución? Creo -amigo lector- que todos la imaginamos. O tal vez debiéramos concluir con Umberto Eco, en que “…a veces hay problemas que deben resolverse demostrando que no tienen solución”. Pero entonces, sepámoslo claramente, de la Democracia podemos pasar directamente a la barbarie.

Jorge Rubiani
jrubiani@highway.com.py

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