DESVENTURAS DE UN INQUILINO

Por lo general, nunca un problema es nuestro hasta que nos vemos involucrado directamente en él. Eso sucede a menudo con un montón de cosas, tal el caso de un amigo mío que siempre hablaba mal de los hijos de los vecinos, hasta que cierto día descubrió que su hija vivía haciendo “programas” por teléfono y su hijo tenía un novio. Recién entonces puso el grito en el cielo.

Ahora otro amigo y colega, acaba de concluir una odisea que le ha demandado casi un año de su vida. Tanto él, como quien les escribe estas líneas, y miles de personas más, de esta hermosa ciudad, no poseemos el dinero suficiente para disfrutar de nuestra ansiada casa propia. Esto se debe a dos motivos fundamentales.

El primero de los casos, mi amigo nunca ha ganado lo suficiente como para ahorrar y mucho menos endeudarse con una hipoteca, que es como vivir con una espada sobre la cabeza. Y el segundo de los casos, como el mío, que cuando tuve la ocasión, en mis manos, la desaproveché, poniendo así en evidencia, la poca visión de futuro como también mi nula capacidad comercial.

Pero sea como fuere, como ya lo dije antes, a muchísima gente no nos queda más remedio que vivir en una vivienda alquilada. Eso no significa que nos resignemos, pero en los tiempos que estamos atravesando, ya sobrevivir es difícil por lo que ahorrar se hace una verdadera misión imposible.

Las aventuras y peripecias que un ser humano deberá afrontar, cuando va en busca del alquiler de una vivienda, serán muchas y dignas de un héroe de la mitología griega. Tendrá que contar con una buena dosis de decisión y valentía, que pondrán a prueba su capacidad de asombro, de paciencia y de tolerancia.

Por desgracia, el triste recorrido comienza cuando por hache o por be motivo, se tiene la necesidad de contar con cierta independencia y se toma la decisión de hacer rancho aparte. Aunque parezca mentira la cosa parece sencilla pero no lo es. En Ciudad del Este, como en las principales urbes de nuestro país, se ha construido para tres niveles.

Y los tres se encuentran, de una manera u otra, fuera de las posibilidades de la mayoría de las personas que conozco. El primero es la famosa piecita de madera, de dos por dos, con piso alisado, un solo foquito de 40 vatios, baño compartido con diez o quince personas más y unos trescientos mosquitos preparados para ser tu hermano de sangre. Generalmente su precio varía entre 60 y los 250 mil “guaracas”, dependiendo de su cercanía con el microcentro.

El segundo nivel es algo más o menos parecido al anterior salvo que estos ambientes son de material, metro cuadrado más, manchas de humedad menos. Su costo oscila entre 100 y 400 mil guaraníes, también dependiendo de la cercanía del microcentro, como también de lo ambicioso que pueda ser el señor propietario.

Hay que hacer constar que en este módulo de inversión, las piezas son algo más grandes que la cucha de un perro. Demasiado calientes en verano e insoportablemente frías durante el invierno.

Y finalmente llegamos al tercer nivel, que no es nada sofisticado ni mucho menos, solo que ya sería una casa independiente. Esta contaría con uno o dos dormitorios, una cocina bastante diminuta, lo mismo que un único baño y algo bastante chicuelo, llamado sala de estar. Como complemento, algo de espacio para lavar la ropa y tenderla, una mísera entrada de auto y un mezquino rincón para armar el “asadacho” nuestro de los domingos.

Pero como sigan las cosas de esta manera, nos tendremos que contentar con un poster de un costillar, una panorámica de un corte de vacío y varias fotos de chorizos parrilleros con los respectivos panes. Esto se debe a que Paraguay ya se está pareciendo a la India, por eso que las vacas son sagradas. Nos tendremos que contentar con pasarle la lengua o el pan a las fotos.

Por joyitas como la recién descripta, se pide, sin que se le caiga la cara de vergüenza al propietario, alrededor del millón doscientos mil, más gastos. Según un antiguo agente inmobiliario, ya desaparecido, hace algunos años; existen tres tipos diferentes de tasaciones. La cifra que piensa el dueño que vale, la cifra que puede pagar el inquilino y la verdadera, que resulta del promedio de las dos primeras.

Son muchas las horas y los días perdidos, sin contar el sentimiento de angustia, desazón y desamparo que provoca no poder encontrar algo digno, que se ajuste a un mínimo de delicadeza individual. Sin embargo la dignidad es pisoteada una y otra vez cuando la desilusión se hace carne, al encontrarse con una habitación desagradable o unos vecinos no muy recomendables.

Cuantas veces vi a mi amigo regresar a su casa, totalmente desencantado, luego de visitar varias casitas, luego de su horario normal de trabajo. La misma peregrinación que cada uno de los esteños o foráneos debe realizar hasta poder encontrar, al menos algo de su agrado.

Nuestro país, existe un gran déficit habitacional que se arrastra por décadas. Según datos oficiales es necesario construir unas 30 mil viviendas anuales, durante quince años, para equilibrar la balanza. Es por eso que miles y miles de inquilinos deambulan sin rumbo fijo, en busca de un techo, para depositar sus pobres huesos. Como muchos, quien les escribe, también se incluye en las desventuras de un inquilino.

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