El idioma de los piedrazos

Enrique Vargas Peña (foto de wordpress.com)

En las facultades de periodismo enseñan que lo que yo debí haber hecho el viernes a las 23:40 horas, cuando pasaba por la plaza Uruguaya y vi que la estaban invadiendo algunos “hermanos originarios”, era estacionar mi camioneta, fotografiar o filmar los hechos, entrevistar a los protagonistas e irme a publicar lo obtenido.

Como nunca cursé estudios en una facultad de periodismo, nada de eso hice. Al ver que los “originarios” estaban invadiendo la plaza, validos de una gran superioridad numérica sobre los pocos policías que custodiaban la propiedad del pueblo, traté de impedir la ocupación del espacio público: Le dije a los policías que llamaran refuerzos, increpé en muy alta voz a los invasores, me detuve a anotar el número de chapa del camión del que estaban descendiendo.

Me comentaron que en Telefuturo presentaron mi conducta como una provocación. O sea, para no “provocar” a los “hermanos originarios” debemos aceptar resignadamente sus desmanes.

Como premio a mi falta de neutralidad periodística, los “hermanos originarios” me rompieron el vidrio trasero de la camioneta.

Más lejos que nunca de la neutralidad periodística, bajé de mi auto roto, presa de una furia incontenible, y les grité todo el léxico de groserías que me vino a la cabeza.

Yo gritaba, ellos estaban armados con palos y piedras. Por cierto, para que no haya dudas, no lo hice por valiente, sino por rabioso.

Nunca intenté ocultar que soy grosero, muy grosero, “calentón”; ni que estoy lejos de ser un mojigato comedido conformista a la busca de ajustarme al manual.

El jefe del grupo, un señor de quepis blanco, me devolvió los gritos diciéndome, como insulto, que yo soy rico y, como justificación, que ellos son paraguayos “originarios”.

No niego que me gustaría mucho ser rico. Pero la camioneta que los “originarios” me rompieron es el primer auto que tengo en la vida, todos los que tuve antes, charatas desvencijadas, me los prestó mi familia. La estoy pagando en cuotas que importan un buen porcentaje de mi salario.

Como cualquier hijo de vecino, soy asalariado. Tal vez notorio, pero asalariado.

Hace cincuenta y un años yo también nací en Asunción del Paraguay y, aunque tuve oportunidades, jamás cruzó por mi mente la idea de irme de mi país o buscar un pasaporte de la Unión Europea.

Mis padres y todos mis abuelos son paraguayos. Mis dos abuelos varones combatieron por mantener el Chaco bajo bandera paraguaya. Estoy harto, harto, harto de que los “originarios” pretendan ser más paraguayos que yo. No lo son. No les acepto su discurso fascista de la pureza de la raza.

No defiendo la plaza Uruguaya de las ocupaciones por ser bueno ni heroico. La defiendo porque es mi barrio, vivo en el centro histórico de la ciudad y los “hermanos originarios” llevan años tratando de destruirla, llevan años tratando de privatizarla para su beneficio particular y por eso defiendo la plaza Uruguaya desde hace años.

Por eso, cuando vi que la estaban ocupando por enésima vez, les increpé, claro que si, sin neutralidad periodística alguna. No soy neutral, no quiero serlo, no me interesa la neutralidad.

Solamente quiero que la plaza sea plaza y no campamento de “hermanos originarios”. Es mi derecho.

Y por tratar de que la plaza sea plaza, recibí piedrazos, el idioma que los bárbaros prefieren. El idioma que los partidarios de la pureza de la raza usan siempre, desde Hitler hasta hoy.

Lucio Ruiz Díaz y Guillermo Grance de Canal 13 dijeron ayer que me extralimité: Yo recibí el piedrazo, mi auto fue el dañado, pero según ellos yo fui quien se extralimitó. Esta debe ser la neutralidad periodística que enseñan en las facultades.

El señor de quepis blanco que lideraba el grupo recibió, en el curso de la “conversación” que estábamos teniendo, una llamada a su celular.

Le grité que le diga a la Policía a quién le estaba rindiendo cuentas del operativo que a esas alturas ya había fracasado. Como siguió hablando sin darme satisfacción me acerqué más, por si no había oído mis gritos, por lo que pude escuchar el nombre de Panta Piris, invasor consuetudinario e impune de la plaza Uruguaya.

Le pedí que le enviara saludos de mi parte a Panta Piris, cosa que el señor de quepis blanco hizo, y después le pedí que le dijera que quería que me pagara el vidrio roto.

Fue ahí cuando escuché que el señor de quepis blanco le explicaba a su interlocutor telefónico algo como que “el gobernador había arreglado”, por lo que presumí, muy fuera control, que hablaba de José “Paková” Ledesma, habitual soporte de invasores.

Más tranquilo ya, no puedo asegurar que “Paková” tenga algo que ver, pero no me extrañaría.

La invasión recurrente de la plaza Uruguaya y su destrucción reiterada es el idioma de un grupo de gente que pretende establecer la fuerza como sistema de relacionamiento social en nuestro país, los piedrazos son su discurso más elocuente.

Pretenden establecer la fuerza como sistema de relacionamiento porque las minorías militantes no tienen otra manera de acceder al poder, el único instrumento que otorga poder a las minorías es la fuerza, y los piedrazos son un argumento muy contundente, por cierto, pues tienen la consecuencia de hacer callar a los interlocutores.

Todo esto decorado, por supuesto, con excusas para la impunidad tales como que los pobres tienen derecho a violar la ley para reclamar sus derechos y que los que no están de acuerdo con tal excusa son ricos desalmados e insensibles o, peor, esclavos de los ricos desalmados e insensibles.

El método les ha dado buenos resultados hasta ahora, pues usan la fuerza impunemente cada vez más para alcanzar los objetivos que buscan.

Por oponerme a eso, yo me extralimito, según algunos profesores de periodismo a los que les adelanto que voy a seguir oponiéndome, con todo el auxilio de la razón que pueda encontrar, al plan que tienen de reducir el debate público paraguayo a las invasiones nocturnas, muy bien planeadas para eludir la vigilancia policial, y a las pedradas.

Y que si los vuelvo a ver tratando de invadir la plaza, voy a volver a anotar los números de chapa de los camiones que los transportan, aunque se enojen Telefuturo o Canal 13.
Artículo publicado en la edición impresa de La Nación del domingo 06 de mayo de 2012.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Por favor responda lo siguiente: * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.