HABLEMOS DE HOMOSEXUALIDAD

La gente de mi cercano entorno, que me conoce bien, y los lectores que siguen mis comentarios, de ninguna manera me pueden acusar de ser prejuiciado ni tener preconceptos y ni siquiera poseer un mísero atisbo de discriminación. 
Eso es debido a la educación liberal impartida por mis abuelos maternos, que eran fanáticos de las teorías liberales de Rousseau y de todos los enciclopedistas europeos. Por lo tanto, fui imbuido, desde la más  tierna infancia, con la idea del total respeto hacia el prójimo, sea cual fuere su condición de sexo, raza, credo, color de piel o su condición social.

También por estas mismas líneas he defendido el derecho de la mujer que tiene sobre su cuerpo y a decidir sobre él. Eso sí, con la absoluta vigilancia del Estado y solamente en base a cinco estrictas excepciones. También desarrolle el tema sobre el derecho que tiene todo ser humano a decidir sobre su vida o su propia muerte, así como la asistencia médica para que esta se produzca, también según un severo control judicial.

Me he explayado en otras oportunidades sobre la pena de muerte para aquellos llamados “crímenes inmundos”, que si bien todos los son, sin embargo existen algunos donde se procede con evidente premeditación, alevosía y saña. Tal el caso de Cecilia Cubas, por citar una ejemplo que a todos nos duele en el alma, solo con recordarlo.

Me he referido también a la esterilización química para aquellos violadores que sean reincidentes en tres o más veces, ya que considero  que estos delincuentes no han recapacitado lo suficiente, no existe la mínima muestra de arrepentimiento y por supuesto son irremediablemente irrecuperables y ya no merecen toda la confianza de esta o cualquier otra sociedad civilizada.

Y por último, hace poco, me referí a la liberación de la marihuana. En dicha oportunidad, dije que al permitirla, incurriríamos en el mismo error cometido por nuestros vecinos argentinos, que creyendo con eso solucionar el problema del narcotráfico, hoy, los primeros consumidores de marihuana, ya han escalado a la cocaína y al éxtasis.

Y ahora entramos, de lleno, en un terreno verdaderamente peligroso y repleto de espinas, ya que nos quedarían dos temas muy urticantes, pero también delicado para ser tratado a la ligera. Me refiero a la homosexualidad. Un tema siempre tabú, a pesar de todos los años que la sociedad paraguaya en su conjunto, lo viene juzgando.

El título y su acotación han sido escogidos de un modo trágicamente irónico. Lo que sucede es que he tratado de sacarle todo lo aciago que conlleva su tratamiento y darle un cierto tinte de humor, aunque la seriedad del tema en cuestión no lo permita así. Pero es mi forma de ser, tratar los temas sin el acartonamiento que ya de por si llevan y desmitificarlo, en la medida de lo posible.

Soy heterosexual, y me alegro por eso, tanto como me enorgullezco de serlo. Adoro a las mujeres, aunque no pueda vivir con ellas. Les aclaro que no soy ninguna “monedita” y mi carácter podrido, me traiciona en todo momento. Cinco casamientos así lo atestiguan. Valga la confesión, si me sirve de excusa. Decía que soy “hetero” consuetudinario y por cierto muy fanático al respecto, como para que no queden dudas.

Ahora bien; entre las cosas que decía mi querido abuelito, que era bastante religioso, por cierto, y que siempre nombraba a la Biblia, como testimonio y guía de sus actos, es que Dios creó al hombre primero y a la mujer después. Y nada más. Lo que no sea uno u otro es simplemente un error de la naturaleza como lo puede ser un albino, o hermanos siameses. Eso no quita que sean lo que sean, y merecen todo el respeto, como todo ser humano y se los debe tratar, por sobre todas las cosas, con dignidad.

No veo con buenos ojos que se los discrimine, por ser lo que son, ya que a lo largo de mi carrera profesional, me he encontrado con excelentes técnicos en el área de la construcción como también talentosos artistas dentro de las artes plásticas. Hablando por mí, el único requisito que les impuse, en las oportunidades que me tocó actuar,  es su capacidad e idoneidad; si la tienen, bienvenidos a bordo y si no, a capacitarse.  

No encuentro ningún orgullo en ser gay, ni de festejar eso, un día en el año, tanto como me parece sumamente ridículo celebrar con un desfile, el día del heterosexual. Porque según lo veo, en mi modesto entender, la opción sexual, es pura y exclusiva intimidad, de cada uno de nosotros. Ahora bien, si quieren ser aceptados y reconocidos dentro de la sociedad que sea por ser buenas personas, que para mí, es lo más importante  y no por una cuestionable opción sexual.

Del mismo modo que veo ridículo su casamiento, ya que considero que no son un verdadero complemento, entre sí, como puede ser la mujer del hombre y viceversa. Si consiento, que sean dos personas que sientan afecto el uno por el otro, pero solicitando un contrato privado ante un escribano, podría resolverse el problema. Pero un casamiento real en un registro civil, no lo veo. Lo que si me grafico en mi mente, a los dos tipos discutiendo por cuál de ellos,  lleva el ramo de novia y eso me causa mucha gracia. 

Tampoco me parece que ninguna de las religiones monoteístas se prestaría para oficiar una  ceremonia y bendecir “esa unión en los sagrados vínculos del matrimonio”. Pero esto sería apenas un pequeño detalle, para aquellos que si desean casarse. He descubierto religiones que nunca antes había escuchado nombrar como Wicca entre otras más extravagantes, y que no les va ni les viene.

También seria, al menos para mí, algo estrambótico que pudieran adoptar criaturas, como si fueran una pareja común y silvestre. No pienso, por muchos motivos, que puedan ser un modelo a seguir. Los niños suelen ser ingenuos pero también muy crueles y cuando al adoptado, sus compañeritos de colegio, le pregunten cómo es su papá, es posible que responda que tiene dos, que son muy buenos pero que uno pierde mucho tiempo lavando sus bombachas y el otro le roba a este, su rímel y sus sombras. 

En fin, como dije antes, para sacarle todo tipo de dramatismo, les dejo este chiste y que lo disfruten:

En medio de un feroz incendio, el jefe de bomberos descubre que faltan dos de sus hombres. Inquieto comienza a buscarlos, sin resultado alguno. De pronto, nota que uno de los camiones se mueve rítmicamente. Se acerca, abre la puerta y descubre a sus dos bomberos, uno encima del otro, en plena acción. Asombrado exclama:
— ¿Pero qué están haciendo?
— Es que mi compañero, se estaba asfixiando- dice uno de ellos.
— ¿Y por qué no le hiciste respiración boca a boca?
— ¿Y cómo cree que empezamos?

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