Hambre criminal y explosión demográfica

 JOSÉ CARLOS GARCÍA FAJARDO* 

“La muerte de un niño por hambre es un asesinato”,
afirma Jean Ziegler, exrelator especial de la ONU para el Derecho a la
Alimentación. Culpa de ello a los especuladores, a quienes se refiere como
“criminales legales” por comerciar con el precio de los alimentos
para generar fortunas en las cuentas de beneficios de grandes empresas. También
acusa a los bancos y a los Gobiernos occidentales de “cómplices”
porque no ponen los medios para acabar con la especulación alimentaria. 
El profesor de la Universidad de Ginebra ha calificado de “vergüenza
intolerable” que en un país “poderoso” y “democrático”
como España un solo niño pase hambre, después de conocer las cifras publicadas
por UNICEF y en las que se advierte de que unos 2,2 millones de menores viven
por debajo del umbral de la pobreza.
Con motivo de la presentación de su nuevo libro Destrucción Masiva. Geopolítica del
hambre
, de la Editorial Península, Ziegler ha explicado que un niño que es
subalimentado durante meses está “condenado de por vida”, aunque su
situación social mejore con los años, porque no se va a desarrollar de forma
correcta, al ser la infancia “el periodo en el que las neuronas se
desarrollan y necesitan mayor cantidad de nutrientes”. 
Alerta de que “el hambre hace imposible la construcción de una sociedad
pacificada” y señala que la crisis en el sur de Europa “puede acabar
con la paz social”. En este conflicto, Ziegler ha querido diferenciar las
víctimas de los verdugos. Así se refiere al Fondo Monetario Internacional (FMI),
a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y al Banco Mundial, como “los
jinetes del Apocalipsis”.
Cada día mueren de hambre 57 mil personas, un niño menor de diez años cada
cinco segundos. Esta es la situación absurda. Vivimos en un orden mundial
criminal y caníbal, con 500 multinacionales que controlan el 52 % de la riqueza
mundial, afirma Ziegler quien ha añadido que 1 000 millones de personas viven
en una situación de subalimentación grave y permanente. En este punto, se ha
referido a los Objetivos de Desarrollo del Milenio y ha acusado a los jefes de
Gobierno de una “hipocresía total” por no llevar a cabo las medidas
necesarias para “combatir la especulación, acabar con el robo de las
tierras, eliminar los agro carburantes y, en definitiva, hacer frente a las
oligarquías financieras”. 
Sostiene que las oligarquías del capital financiero deciden quién va a morir de
hambre y quién no. Por tanto, estos especuladores financieros deben ser
juzgados y condenados, reeditando una especie de Tribunal de Nuremberg. 
Sin embargo, es llamativo que no denuncie la explosión demográfica como una de
las primeras causas de este crecimiento exponencial del hambre y de sus
secuelas. No son más que datos objetivos y contrastables: en 1914, cuando el
desastre de Sarajevo que dio origen a la Gran Guerra, se estima que la
población del mundo no sobrepasaba los 1 200 millones de personas. En ese mismo
siglo, en 1991, y en Sarajevo, el secretario general de la ONU, Kofi Annan,
sostenía en sus manos al recién nacido que simbólicamente hacía el número 6 000
millones de habitantes. En menos de un siglo, la población mundial se
incrementó en casi 5 000 millones de seres humanos. 
En solo una década, la población mundial se ha disparado hasta 7 000 millones
de habitantes. Con sus consecuencias de hambre, enfermedad, desnutrición,
deterioro del medioambiente, agotamiento de los bienes naturales,
desertización, erosiones irreparables. Y una sensación, cada vez más
incontrolable, de desesperanza y de una razón para un vivir que tenga el menor
sentido. No sin causa, el número de suicidios no hace más que incrementarse de
forma galopante.
Ante esta bomba de destrucción masiva que es la explosión demográfica no hay
otro camino que la educación pública y gratuita. Lo demuestra que, en todos los
países miembros de la OCDE, en donde las mujeres tienen el mismo acceso a la
educación y a los puestos de trabajo que los hombres, no existe explosión
demográfica. Al contrario, el más grave problema es el envejecimiento de la
población que, en menos de 20 años, será superior al número de población
activa. De cada cinco ciudadanos, solo cerca de dos trabajarán. 
La clave no está solo en distribuir más y mejor los alimentos sino en crear un
nuevo orden social más justo y solidario. Crear condiciones de vida para
comunidades capaces de vivir con dignidad. (Tomado
de Adital)


* Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid. 

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