LA PLAGA DEL VANDALISMO URBANO

 

Para quien se encuentre totalmente desprevenido, o el título lo haya tomado por sorpresa, les diré que vandalismo urbano es la destrucción intencional y maliciosa de la propiedad tanto pública como privada, sagrada o profana, con fines comerciales o simplemente por ocio y maldad, pudiendo ser un objeto artístico o bien mobiliario urbano.


 

Esta podría ser una definición clásica sacada de algún viejo mamotreto, para ilustrarnos sobre esta plaga social y democrática, que ataca a todos los países por igual y en el que no se los distingue por ser ni occidentales ni orientales, ni ricos ni pobres, ni católicos, judíos, musulmanes o los que fueran. Del color de piel ni que hablar. En fin, nadie se salva de un fenómeno mundial que no tiene ningún tipo de explicación ni psicológica, ni sociológica, ni antropológica y ni siquiera hipocondríaca.

 

 

 

Por lo general no se salva absolutamente nada del atropello de estos dementes desaforados. Para esta legión de inadaptados sociales no existe el más mínimo respeto hacia el bien ajeno privado y mucho menos la propiedad estatal, que es un poco de todos.

 

 

La destrucción parcial o total o robo de elementos que son parte del patrimonio común es una realidad mucho más compleja de lo que parece, ya que estos vándalos no siempre son marginales, ni angustiados desempleados, sino adolescentes de clase media y alta e inclusive adultos de hasta 35 años.

 

 

¿Por qué lo hacen?, ¿a qué se debe ese espíritu tan destructivo?, ¿cómo se pueden detener a estas hordas salvajes? En realidad no son preguntas muy fáciles de contestar. Pero existen dos motivos aparentemente que inducen a los vándalos a delinquir con toda la furia ciega. El primero de ellos, es el más estúpido de ambos ya que es el que se dedica generalmente los fines de semana a romper por romper. Son muchachones y también chicas que estando ebrios y aburridos de la vida no saben qué hacer y usan al vandalismo urbano como pasatiempo. Son de un buen pasar y no les falta nada, solo que hacer con su propia vida.

 

 

 

Tengo que aclarar que nunca el vandalismo es individual, si no son pequeños grupos reunidos y que recorren la ciudad solo con el fin de saciar sus retorcidas manías destructivas y aquietar, tal vez, sus necesidades insatisfechas de llamar la atención o ser tenidos en cuenta.

 

 

¿Que lleva a una persona a romper el tobogán en una plaza, romperle los dedos a una estatua, destrozar un banco de plaza o destruir un cantero con flores? ¿Rebeldía, cobardía, insatisfacción, deseos reprimidos descargados contra objetos inocentes, amparados por la impunidad de las sombras?

 

 

 

El segundo grupo, al menos tiene una meta definida aunque no es compartida por el resto de la sociedad y está compuesto por gente sin empleo, que roba para luego comercializarlos por un precio muy inferior al que fue pagado por la misma comuna, pero que le sirve al menos para dar de comer a los suyos.

 

 

Lo primero en llevarse son las piezas de metal (placas de monumentos o cañerías de los juegos infantiles) que tienen buen valor de reventa. También, los cestos papeleros, que son reciclados y vendidos como baldes o maceteros. Otra fuente de divisa para estos delincuentes son las paradas y refugios de colectivos.

 

 

 

Sin embargo las preferencias de nuestros queridos vándalos son los semáforos, los indicadores de calles, las señales de tránsito, las lámparas de 400  kilovatios, los cables del alumbrado público y sus columnas, las tapas de los medidores de Ande, de Copaco o de Essap.

 

 

No se salvan tampoco ni los arbolitos recién plantados ni las flores, que pueden llegar a durar 72 horas como máximo en su nuevo sitio.

 

 

Si bien todas las municipalidades paraguayas se quejan del vandalismo, como las de todo el mundo, aún las que corresponden a EEUU, Japón y Europa, que tanto se ufanan de su costumbres más sofisticadas que nosotros que somos puro indio. Sin embargo en sus calles más céntricas, hombres y mujeres se detienen para orinar en público. Y a pesar que son multados con pesadas infracciones, eso no los detiene. Y ellos que tanto se ríen de nosotros.

 

 

 

Pero aquí las tropelías tampoco tienen fin. Ya que también otras empresas estatales se quejan. Todos los teléfonos públicos de Ciudad del Este han desaparecido, “orejones” incluidos. Copaco en Alto Paraná sufre los mayores robos de cables de casi todo el territorio.

 

 

Los mismo que la Ande, que no alcanza a reponer el material sustraído que otra vez, le es rapiñado. Todo por el valioso y bien cotizado cobre. Los mármoles de las lápidas, los bronces de los candelabros y demás objetos mortuorios de valor de los cementerios también desaparecen con un simple Abracadabra.

 

 

 

El fenómeno del vandalismo, ya sea para dañar de manera  deportiva o para sacar cierto provecho personal, devasta los espacios públicos y priva a los usuarios el uso de un bien común. Por desgracia el dinero de los impuestos que pagan los buenos vecinos se tiene que usar, en gran parte, para reparar los daños causados por esos “diarreicos mentales”.

 

 

El vandalismo es un delito penal, pero se vuelve complicado cuando no se atrapa al sospechoso “in fraganti”, y aún atrapado no es mucha la pena a cumplir y nunca compensa los gastos de su tropelía. Es muy probable que la falta de vigilancia adecuada en los lugares claves, la impunidad que gozan estos grupos y la poca preocupación de nuestras autoridades en ponerle a este asunto el punto final, contribuyan a que esta especie de pandemia urbana siga en pie y no se la pueda exterminar o al menos reducir a su más mínima expresión.


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