Las penurias de la vivienda propia

 

Uno de los tantos derechos avasallados en estas últimas décadas, contradiciendo a los dictados de nuestra Constitución, es el derecho inalienable que tiene todo paraguayo a contar con una vivienda propia.

 

 

Pero a pesar de ser un don indiscutible e innato que debería disfrutar todo ciudadano nacido en esta tierra, siempre la tenencia de una vivienda propia se la ha politizado, especialmente con aquella gente, en la franja de escasos recursos.

 

 

Para ello se han creado varias reparticiones oficiales, entre ellas Conavi, que ha resultado ser un ente inservible, totalmente corrupto  y tremendamente burocrático,  que nunca llenó las reales expectativas de una población creciente y necesitada de poseer su propio hogar.

 

 

 

Según estadísticas que vienen del exterior, ya que no se cuenta con una dependencia nacional que las posea, anualmente se genera un déficit de 3.000 viviendas. Y ampliando esta dramática información, solo el 23 % de la población total tiene casa propia. El resto vive con sus padres, en la misma vivienda o simplemente construyendo una, en el mismo terreno.

 

 

En caso que esto no ocurra, tendrá que recurrir irremediablemente, y por desgracia, a un alquiler provisorio, que a veces, por las circunstancias y vaivenes que sufre la economía de nuestro país, se puede transforma en permanente.

 

 

Viendo esta desesperante situación, el gobierno ya debería tomar las riendas del asunto y crear una política global que contemple este delicado aspecto de nuestra vida social. En ella no solo entrarían los entes estatales, si no que se debería incentivar a los inversores privados, a cambio de incentivos fiscales. La Cámara Paraguaya de la Construcción, de muy buen grado se prestaría a un asesoramiento integral al respecto.

 

 

 

De esta manera, se podrían perfectamente matar a dos pájaros con la misma piedra. Generar mano de obra ociosa, que la hay y de muy buena calidad, por un lado y por el otro, cumplir con el sueño de miles de paraguayos que desde hace años anhela su propio nido, pero que pese a sus esfuerzos, no llega a concretar. Además de la intervención estatal y privada, existiría una tercera opción y que siempre ha dado muy buenos resultados: la autogestión.

 

 

Esta interesante iniciativa puede darse con el concurso de los mismos interesados, con el asesoramiento suministrado por profesionales del área, provistos por las gobernaciones o municipalidades que así lo requieran. Son incontables la gran cantidad de terrenos fiscales ociosos, que podrían pasar a los particulares, mediante el sistema de pago en largas y cómodas cuotas.

 

 

También existe un mercado de las viviendas en alquiler, claramente distorsionado, en los que no siempre los valores concuerdan con el estado en que se encuentra dicha propiedad. Los valores son tan altos, que por lo general, superan con creces las posibilidades de cualquier asalariado común. 

 

 

 

Alrededor del 80 %  de los inquilinos, no tienen contratos y el 60 % de ellas, no son entregados con las mínimas condiciones de habitabilidad, sin embargo al existir una gran demanda y poca oferta, los necesitados de contar con un simple techo para vivir, son virtualmente estafados por los dueños, que se aprovechan de la situación.

 

 

La situación se agrava cuando la familia, que no tiene techo propio, cuanta con varios hijos, ya que muchos dueños se oponen a alquilar sus viviendas a las familias numerosas, o con criaturas de muy poca edad.

 

 

El largo peregrinar se hace interminable hasta conseguir algo potable, y que no hiera la dignidad de los inquilinos. Muchas veces esto es dejado de lado, ante la desesperación y la urgencia de contar simplemente con un abrigo que los proteja de la intemperie.

 

 

 

La compra de una vivienda forma parte del inalienable derecho a creación de una nueva familia paraguaya, que contribuye a capitalizar los esfuerzos realizados, por la pareja o una persona sola. Mientras que el alquiler, es una solución temporaria, donde los integrantes de la vivienda nunca se pueden llegar a sentir seguros, ya que dependen en muchos casos, del humor del dueño de casa.

 

 

Cada día la brecha entre poseer una vivienda propia y las posibilidades reales con que cuentan las clases menos favorecidas se hace más y más amplia. De la misma forma que se va perdiendo lentamente la dignidad personal y la autoestima de quien no posee algo propio, al no poder fijar sus raíces y de ver crecer en el mismo barrió a sus hijos o a sus nietos. Debemos urgente rescatar esa dignidad perdida cuanto antes, por nosotros y por nuestros descendientes.


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