PEQUEÑOS APRENDICES DE PATOTEROS

Tendría 6 ó 7 años, a lo sumo, y de eso me acuerdo como si fuera hoy, cuando los Ponce, tres hermanos mucho más grandes que yo, no dejaban de molestarme ni un solo momento. Especialmente Carlos, el menor de ellos, que era, según lo evoco, el más malo.

Recuerdo también que físicamente era menudo y el más bajito de la clase. Muy rubio y con unos lentes de marco negro sumamente pesado y grande para mi cara. Me perseguía y hacía bromas estúpidas sobre mí, avergonzándome delante de mis compañeros. En los recreos venía directo hacia donde me encontraba y me empujaba contra las paredes, sin motivo alguno. Para los Ponce, no era la provocación un justificativo demasiado importante. Bastara con que no le cayeras en gracia, para declararte la guerra total.


Todos temblaban al verlos. Nadie osaba enfrentarlos. Salvo Walter, un muchacho de unos 10 años, de gran físico para su edad. Walter era un uruguayito, muy moreno y por eso llamaba la atención en Buenos Aires, justamente por no tener habitantes negros. Por lo tanto era una mosca en un vaso de leche. Había venido de su país, con su papá y sus tres tíos, que eran boxeadores profesionales y por lo tanto, allí tendrían más campo de acción para su profesión.

Carlos Ponce era el más malvado de los tres hermanos y su desfachatez y osadía le permitía romper todo lo establecido, lo moral y lo ético. La impunidad que daba el silencio cómplice de mis compañeros era lo que más lo estimulaba. 

Desde ya que no era su única víctima, pero si figuraba entre los preferidos de su negra lista. Sin embargo tanto envalentonamiento le hizo cometer un error fatal. Solo era cuestión de tiempo que se toparan en uno de los corredores. Ponce, cuando lo vio dijo sin pensarlo dos veces:
— Salí de ahí, negro de mierda. ¡Para que!
Walter, veloz como un rayo, se le vino al humo y de un certero “gancho ascendente” en la pera, lo dejó totalmente desmayado. Cuando la “dire” preguntó que había pasado, nadie había visto ni oído nada. A partir de allí, cada vez que tenía problemas con Ponce, me refugiaba tras las espaldas de Walter y lo miraba socarronamente al malvado Carlitos, sabiendo que estaba bien protegido. Al poco tiempo, los Ponce cambiaron de escuela y mis problemas y los de otros niños se terminaron, viviendo, al fin en paz.

Luego de esto, y sacando un par de incidentes en el secundario y durante el servicio militar, nunca tuve que preocuparme por los patoteros, al contrario, ellos se ponían de mi lado, quizás por temor a mi humor ácido. Ahora bien, por más enemigo que uno sea del badulaque, que tenía enfrente, generalmente después de tupido intercambio de moquetes, todo terminaba con un apretón de manos y la cosa quedaba por ahí.

Sin embargo, ahora todo es muy diferente. Existen patotas que se deleitan en perseguir y acosar a los más indefensos. Durante los “recreos”, son salvajemente torturados física y mentalmente. Insistentemente provocados a pelear, conociendo de antemano que no saben cómo defenderse. Los aliados más importantes con que cuenta el agresor son el miedo y el silencio de los condiscípulos.

Ese silencio es también, la prueba no solo de su poder; si no de la impunidad con la que se vanaglorian. En ocasiones a los chicos la situación se les pone tan dura, que pierden el interés en el estudio y temen regresar a la escuela o colegio por temor a ser molestados una y otra vez. 

Tampoco hay que descartar que muchos pre-adolescentes, se ven tan intimidados por los agresores e intimados por sus padres a concurrir a clases, que muchos de ellos piensan en el suicidio como una escapatoria.

El agresor intuye cual es la víctima perfecta, aquella que no pueda o no sepa defenderse, porque en el fondo, es un perfecto cobarde. Por eso necesita que otros también participen en sus fechorías y sean testigo de sus “hazañas”. Las maldades preferidas son hacerle pasar papelón al pobre desgraciado que caiga en sus garras, asediarlo, acosarlo, hostigarlo cuantas veces se pueda, y así lograr la intimidación, seguida de severas amenazas. También lo bloquearán socialmente para terminar de ahogarlo.

No siempre los padres entienden la situación de su hijo o hija y piensan en una exageración o una simple mariconada. Y la justifican con frases como: “siempre sucedió lo mismo y nunca pasó nada”, “son cosas de niños”,”el agresor es apenas un niño”, “No es para tanto”, “todos pasamos por eso” o “forma el carácter”. A veces la incomprensión de los padres y el maltrato que hacen los compañeros es tan grande que induce a casos extremos.

Tenemos el caso de Cristina Cuesta, quien a pesar de haber hecho la denuncia de acoso escolar, esta española, de 16 años, no encontró otra salida que saltar de un puente. Otro caso también ocurrido en España, es el suicidio de Jokin, un joven acosado y cuyos 7 compañeros, dejados en libertad, ya que el juez no pudo probar la inducción al suicidio.

También hay otros relatos donde los acosados, presas de tanto miedo, se rebelan. El caso de Cho Seung-Hui, estudiante de 23 años del Virginia Tech, que era objeto de constantes burlas y en un ataque de furia incontenible, mató a 33 personas, incluso él mismo. La masacre de Columbine, nombre de una escuela secundaria cercana a Denver (Colorado, USA), también demostraría que se debe implantar un servicio psicológico para aquellos alumnos que muestren ligeros desequilibrios mentales.

Es hora que los padres, alumnos y maestros asuman este grave problema. Siempre los niños afectados deben ser escuchados y considerados; todos deben estar alertas y al primer signo de violencia escolar, actuar de inmediato. Los padres deben enseñar a sus hijos a defender sus opiniones y cuidar de su autoestima.

Los colegios deben apoyar a los desprotegidos, porque no bastan las buenas intenciones. No se deben de olvidar que los traumas producidos en estas edades prácticamente son casi irreparables. Por lo tanto cuidemos a nuestras criaturas de los pequeños aprendices de patoteros, que serán casi siempre los fracasados del mañana.

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