PREPARÉMONOS PARA EL TRICENTENARIO

Espero que lo que vaya a escribir a continuación, y que es solo mi opinión personal, no hiera ningún tipo de sentimiento patriótico, o algo semejante. También dejo en claro que los medios, en los cuales, este comentario verá la luz, no necesariamente comparten mi pensamiento y no pretendo convencerlos de lo contrario.

 

Sin embargo, sé positivamente que al final de estas modestas líneas, si no coinciden conmigo, al menos dejará abierta alguna rendija como para aceptar que no estoy tan equivocado. También pretendo hacerles entender que no soy un “pichado” ni mucho menos un viejo amargado. Solo sigo un frío razonamiento. Pero déjeme que continúe y luego me cuentan.

 

Todos los países hispanoamericanos, se disponen, con bombos y platillos, a celebrar el Bicentenario de sus respectivas independencias, de los invasores europeos. Ahora bien, en lo personal, no veo cual es el verdadero sentido de este festejo, ya que miro alrededor mío, y no encuentro un motivo valedero para este agasajo.

 

¿Qué hay que demostrar? Que es posible hacer un gran y pomposo desfile militar e impresionar a los vecinos. En los actos públicos, hablar hasta por los codos de las glorias pasadas, de las gestas épicas y de los héroes que ya no están más entre nosotros. Y que por supuesto deben estar revolviéndose en sus tumbas, al ver como sus descendientes, desperdiciaron los esfuerzos y privaciones que ellos hicieron en su vida.
No solo no encuentro ni un solo motivo para el festejo, si no, como dije más arriba, que me parecía una simple burla, para aquellos héroes, de los distintos países que conforman nuestra América Latina, quienes sacrificaron todo lo que tenían y hasta dieron sus propias vidas, en pos de un ideal de libertad, que hasta hoy no se ha terminado de cumplir.
Es esta descarada hipocresía, la que me hace levantar presión, ya que a ojos vista, los que les siguieron a aquellos precursores, ninguno, a no ser contadísimas excepciones, no les llegaron ni siquiera a la uña del dedo gordo del  pie. El verdadero patriotismo y la espontánea vocación de servicio, se encuentra sepultada, en los panteones nacionales, junto con aquellos próceres y gestores de nuestras actuales “ñembo” democracias.
Doscientos años es mucho tiempo, aunque me digan totalmente lo contrario. Países como Australia, que en esa época era una simple colonia penal, y casi no existía. Mientras que hoy es una potencia mundial en muchos ítems. Portugal,  era una mega potencia militar y dominaba gran parte de los mares. En cambio hoy, navega por las profundas aguas de la cesación de pago y la culpa por arrastrar a la Unión Europea a un desastre financiero.
Nuestros libertadores nos arrancaron de las garras ibéricas, para darnos libertad; ganarnos el derecho a la autodeterminación y líderes en el concierto de las naciones. Sin embargo, luego de doscientos años, aún seguimos siendo una mera colonia, solo que hemos cambiado de “amo”.
Lo que nuestros héroes máximos, liberaron, a sangre y fuego, los políticos que les sucedieron, vendieron y algunos, regalaron parte indivisible del patrimonio nacional. Aunque duela reconocer, pero seguimos siendo dependiente de Argentina, Brasil y países de extrazona, exactamente igual que hace 200 años atrás. Con la diferencia que ahora perdimos la totalidad de nuestras fuentes de energía no renovables.
Y con esto es como ponernos una correa en el cuello y seguir, mansamente, los pasos de quien maneja nuestras carencias. Hemos permitido, con ignorancia, que se talen nuestros bosques, por eso nuestro clima no es el mismo de hace 20 años atrás. Antes no se morían tantas vacas de frio, ya que tenían donde guarecerse.
Hermosos y añosos árboles, de buena madera, se transformaron en carbón, no para las necesidades paraguayas, si no para atender el absorbente mercado brasilero. Cientos de camiones pasaban la frontera ante la desatenta mirada de los aduaneros y guardias forestales, previa “propina” por mirar a otro lado. Las consecuencias ya lo estamos empezando a pagar.
Tenemos dos súper represas en nuestro territorio, sin embargo, lloramos detrás de nuestros vecinos para que nos devuelvan los voltios que nos están descaradamente robando y que se niegan a pagar. Todos los años, lloriqueamos en invierno, atrás del gas argentino o boliviano, cuando tenemos suficiente combustible en nuestro subsuelo, al menos, para auto abastecernos.
Ante la poca previsión de nuestras autoridades, del aprovisionamiento y suministro de gas, para uso doméstico y vehicular; las amas de casa, que no pueden abastecerse de carbón, ya que su precio de lujo es digno de cualquier joyería, se han volcado decididamente a las cocinas eléctricas.

Pero para sorpresa de los castigados consumidores, la estatal Ande anuncia con desesperación, que el uso masivo de estos artefactos, podría ocasionar un colapso general en el sistema. Tener a dos poderosas usinas como Itaipú y Yacyreta y no aprovechar toda su energía a discreción, es como querer tomar “titi” con corpiño.
Sin fuentes renovables de energía, ¿Cuál es el futuro que nos espera? Si dependemos, por desgracia de Argentina y Bolivia para el suministro de petróleo y gas. Y ellos anuncian que sus reservas se están agotando. ¿Vamos a sentarnos a esperar que eso pase, para recién preocuparnos?, o ya mismo iniciamos un plan director para sustituir el combustible fósil por energía eléctrica o lo que fuere.
Estamos en pañales con respecto a otras fuentes de energía alternativas. Y lo peor es que iniciamos una carrera contra reloj, aún sin saberlo. Recién cuando alcancemos a dominar la energía eólica, geotérmica, solar y por qué no, atómica. Entonces seremos realmente libres e independientes de nuestros vecinos y de cualquier otra potencia que nos quiera avasallar.
Como estamos demasiado atrasados, en muchos aspectos, entonces ya pongámonos a trabajar y así tener una alegría que festejar, pero no, en este Bicentenario, que no hay mucho que celebrar. Aún nos queda cien años para realizar el sueño de nuestros mayores. Trabajemos y pongamos a Paraguay en donde realmente se merece. Aunque tardemos; eso no importa,  total falta bastante para el Tricentenario.

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