QUE SE MUERAN LOS VIEJOS

Esta frase la escuche numerosas veces, a lo largo de mi vida. Claro, era mucho, mucho más joven que ahora y no le daba la importancia que le doy actualmente. Pero el tiempo pasa inexorablemente y no lo podemos impedir. Parece que se nos escurriera rápidamente por entre los dedos de la mano. Y en un abrir y cerrar de ojos, pasa como un suspiro, lo que antes creíamos que era una eternidad.



Verse en el espejo todos los días del año, hasta que de pronto dejamos de reconocernos. Y luego nos hacemos la clásica pregunta: ¿Y ese quién es?, claro que no nos reconocemos más. De golpe han aparecido arrugas bajo los ojos, las canas han pintado nuestro cabello. Las comisuras de los labios se han pronunciado más y la piel de nuestra cara ya no se muestra tan firme como antes.

Nuestro andar se ha vuelto más lento e inseguro. Nos fatigamos muy rápido y algunos de nosotros, dependiendo de su edad, por temor a caerse, deben caminar con la necesaria ayuda de un bastón. Los sentidos nos abandonan y debemos cambiar la graduación de nuestros lentes, con visitas cada vez más periódicas al oculista. Los otros sentidos igualmente se van paulatinamente deteriorando.

Las manecillas del reloj han dado muchas, muchas vueltas y el tiempo se ha evaporado como por arte de magia. La misma frase que escuchaba hace cincuenta años atrás, la sigo escuchando hoy en día y con la misma vigencia. Pensé que con los años, esas cosas cambiarían; que la ignorancia y la falta de respeto para con la gente mayor se terminaría, pero me equivoqué y mucho.

Entonces recordé una frase que mi abuelito, que en paz descanse,  solía decirme, ante cualquier injusticia de este tipo: “Un padre puede mantener a diez hijos, pero diez hijos no pueden mantener a un padre”. Esta frase, que en aquella época me parecía chino básico; hoy no solo la entiendo, si no que por desgracia, he sido mudo testigo, del cumplimiento de esta amarga y triste realidad.

Aclaro que, cuando me refiero a padres, lo digo genéricamente, porque el desagradecimiento no tiene sexo, ni color, ni raza, ni credo, y es igual para un padre como para una madre. 

Todo este raudal de palabras sobreviene porque he escuchado, en el último tiempo, relatos desgarradores por parte de ancianos o algunos nietos que se sienten realmente impotentes por no poder hacer algo, por aquellos, que aún teniendo familia, son dejados de lado como si fueran trastos viejos, objetos sin valor o algo inservible.

Existe una estadística a nivel mundial que indica que cuatro de cada diez adultos mayores, han sufrido maltratos, tanto físicos como psicológicos y aunque cueste creerlo, la mayoría de los agravios se dan en su propia casa. Y no solo eso, la misma estadística nos cuenta que son los propios hijos, los principales abusadores a la hora del maltrato.

Para los ancianos es muy difícil denunciar a un familiar. En especial si hablamos de uno de sus propios hijos. Pero en el caso extremo que lo hiciera, es complicado que a un anciano le crean más que a un hijo, ya que estos, para evitar cualquier denuncia formal, los hacen aparecer como si fueran unos insanos mentales.

Por lo general, el 70% de las denuncias por maltrato recibidas en las comisarías, hechas por los ancianos hacia sus hijos, están más  relacionadas con el abuso psicológico, cosa que es muy difícil de demostrar. A los abuelos nadie les cree cuando lo cuentan, es más, piensan que siempre exageran. 

También existe lo que se llama el abuso financiero. El 10% de los ancianos reclaman que han sido obligados a firmar papeles sin saber de qué se trataba o que le han impedido leerlos, antes de hacerlo.

Muchas veces los familiares ambiciosos, hacen uso indebido de la jubilación, bienes y pertenencias sin el consentimiento del abuelo. En la mayoría de los geriátricos, viven ancianos traídos en contra de su voluntad. Esto es una clara violación del derecho a tomar sus propias decisiones. Solo consiguen más agresiones verbales, silencios ofensivos, extorsión con no ver a sus nietos, invadirles la casa o amenazarlos cruelmente con el abandono.

Antes de despedirme, les sugiero que lean dos libros muy interesantes, y que tienen mucho que ver, con lo aquí narrado. El primero se llama “La fuga de Logan”. Una novela  ambientada en una ciudad del futuro, que es el único reducto con humanos del planeta. Allí las cosas funcionan a las mil maravillas, las máquinas hacen todo el trabajo, y la gente está feliz y contenta.

Siempre y cuando, que no se alcance los treinta años, porque al llegar a esa edad, debes entrar en una ceremonia llamada Carrusel y suicidarse, con la promesa que te vas a resucitar. Porque en esta ciudad solo vive el hombre y la mujer en la flor de la vida, jóvenes y bellos, luego…a la basura. Esta novela de William F. Nolan y George Clayton, fue escrita en 1967, y dio pie a una película que fue dirigida por Michael Anderson.

La segunda obra se llama “Diario de la guerra del cerdo” de Adolfo Bioy Casares, llevada al cine, por el talentoso director argentino, Leopoldo Torre Nilsson, en 1975. Trata sobre la agobiante rutina de una ciudad monótona y aburrida. Hasta que de pronto, se ve sacudida por ataques a viejos indefensos, en medio de la calle, por sanguinarias patotas que portan palos y fierros. En una cancha de fútbol, una horda de jóvenes pisotea a un viejo. El ambiente se enrarece; ahora los ancianos pueden morir asesinados por una turba de jóvenes y sin saber el por qué.

Estas dos obras, pueden decir a través de sus relatos, muchas cosas que no las tuve presente en este escrito o simplemente por la brevedad de mi espacio, no las pude incluir. Como un último pedido, no descuiden a sus viejitos ni les hagan perder su dignidad humana. Ustedes también un día lo serán y así como han actuado, la justicia divina también les llegará. No se olviden que sus hijos pueden llegar imitarlos y devolverles con la misma moneda con la que ustedes les pagaron a sus padres y abuelos.    

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