Reconstruyendo la dictadura

Enrique Vargas Peña (foto de abc.com.py)
Mañana, 3 de febrero de 2014, los demócratas paraguayos celebramos el vigésimo quinto aniversario del derrocamiento de la larga dictadura inaugurada el 17 de febrero de 1936 y dirigida desde el 4 de mayo de 1954 por Alfredo Stroessner.
Estos veinticinco escasos años son el periodo más prolongado de libertad y democracia que hemos gozado los paraguayos desde el 14 y 15 de mayo de 1811 y, ciertamente, el más pleno de toda nuestra historia, pues permitió incluso la pacífica alternancia de partidos en la administración de la República, cosa que nunca antes había ocurrido.
Pero la fiesta está en peligro pues ominosos y negros nubarrones anuncian la nueva tormenta autoritaria que se cierne sobre nuestro país.
Nuestra propia historia registra las señales que ahora se repiten: Durante el anterior período democrático, el que fue desde 1922 hasta 1936, los actores políticos paraguayos fueron abandonando su compromiso con la democracia y fueron asumiendo, primero en el debate teórico y luego con acciones prácticas, diversos programas autoritarios.
Desde antes, y durante aquellos años de funcionamiento relativamente completo de nuestras instituciones democráticas, Juan E. O’Leary, Natalicio González, Gómez Freire Esteves y Justo Pastor Benítez (por citar a los más conocidos pero no únicos) se dedicaron a debilitar el sustento social del sistema democrático y a proponer alternativas autoritarias.
Deslegitimaron la democracia y la libertad y prestaron ideas autoritarias a hombres en posesión del poder fáctico de las Fuerzas Armadas y de los partidos tradicionales para reemplazar las instituciones constitucionales por otras en las que una supuesta élite autonombrada dirigiría nuestro país hacia el desarrollo a paso de marcha forzada.
Tuvieron éxito y su éxito fue total y completo: Edificaron cincuenta años de sólida dictadura.
Hoy asistimos a la repetición de esa Historia. Desde el Frente Guazú, el ex presidente Fernando Lugo propone como modelo político el sistema bolivariano, consistente en acumular todo el poder en el Ejecutivo y en limitar las facultades de la representación del pueblo, como consta en las nuevas cartas políticas que fungen de constituciones en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
Desde los medios de comunicación muchos periodistas acompañan entusiastas el programa de Lugo.
En la Asociación Nacional Republicana (ANR/Partido Colorado), por razones que creo más asociadas al mero ánimo de medrar que a algún plan ideológico, se está apoyando con entusiasmo el proyecto político del presidente Horacio Cartes, consistente en concentrar el poder real en manos del Ejecutivo (lo prueba el artículo 52 de la ley de Alianza Público Privada) y en someter nuestro país a la hegemonía brasileña (con lo que, de paso, se asegura luego apoyo brasileño cuando se vea obligado a menoscabar nuestras instituciones democráticas, pues eso es lo que está haciendo Brasil en Venezuela).
Muchos atribuyen a Nicanor Duarte Frutos y a Diógenes Martínez el diseño de la estrategia de Cartes.
En el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), el sector de Luis Alberto Wagner y José Paková Ledesma apoya el programa de Lugo y el sector de Blas Llano apoya el programa de Cartes. Los demás se debaten en una pobreza intelectual y política que produce más lástima que otra cosa y no pueden ser tomados en serio.
En el oviedismo y Patria Querida, aunque están muertos, se ha apoyado siempre el mesianismo funcional que caracterizó su funcionamiento interno mientras vivieron.
En síntesis, estamos como estábamos en los meses anteriores al 17 de febrero de 1936. La única diferencia, lo que puede lograr el mantenimiento de nuestra democracia y nuestra libertad, es la existencia de una ciudadanía que dispone de muchos más medios que en 1936 (redes sociales, medios de comunicación económicamente independientes) para resistir el embate autoritario de los políticos.
Lamentablemente, la disposición de estos medios no garantiza el éxito, como lo demuestra fehacientemente el fracaso estrepitoso de la “Primavera Árabe”, naufragando en un mar de sangre y tiranía.
Los demócratas no tenemos mucho tiempo para lograr impedir la restauración de una democracia de fachada, encubridora del autoritarismo real, pues los políticos no desperdician ni una oportunidad para reconstruir un sistema sin control popular auténtico.
Es urgente derogar el artículo 52, y sus concordantes, de la ley de Alianza Público Privada para devolver al Congreso el control de las inversiones en nuestro país reconstruyendo así la división de poderes.
Es urgente implementar el desbloqueo de listas para las elecciones internas de las organizaciones políticas y las elecciones nacionales y municipales para que la ciudadanía controle mejor a los políticos que compitan por cargos electivos.
Es urgente equilibrar la influencia brasileña, asegurando nuestros vínculos con la Alianza del Pacífico y los mercados extrarregionales, pues Brasil es hoy el aval continental de los nuevos Somoza, los nuevos Trujillo, los nuevos Batista, los nuevos Stroessner.
La libertad y la democracia no son condiciones naturales cuya existencia podamos dar por garantizada. Están amenazadas y tenemos que defenderlas, al menos los que no queremos terminar nuestras vidas como las comenzamos: Bajo la férula de una dictadura.

Artículo publicado en la edición del domingo 2 de febrero de 2014 de La Nación (http://bit.ly/1ejj3yI). 

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