Simple cuestión de matemáticas

Escrito por: Jorge Rubiani – jrubiani@click.com.py

La gran contradicción de la Democracia es la diferencia entre comicios y gobierno. Lo primero se funda en los números que conceden eventuales supremacías electorales. Lo segundo, en el aporte de aptitudes, proyectos, sentido de responsabilidad y honor. Para ganar una elección, sólo es cuestión de juntar adherentes y hacer que voten. Para gobernar, es indispensable instrumentar acciones adecuadas, sistemáticas y precisas para resolver los problemas de los ciudadanos. El candidato promete el cielo. El que gobierna sólo debe evitar caer en el infierno; y actuar firme y consecuentemente para cumplir lo prometido. Muchos confunden elección y gobierno y casi todos remiten el ejercicio democrático al mero acto comicial. Creen que un gobierno surge naturalmente de la posibilidad de constituirse. Y en vez de ideas, instrumentos o políticas, negocian nombres, “espacios” y cuotas de participación en “los negocios del Estado”. Para todo lo cual, arman elencos disociados de intereses dispares y prioridades contrapuestas. Los resultados de esta confusión son demasiado visibles para ignorarlos. Y han sido calamitosos para la nación.
En lo único en que se parecen estos procesos es en cuanto a la necesidad de constituir Equipos. Pero mientras el candidato -propuesto a ganar las elecciones- obedece fielmente las indicaciones del suyo, el Presidente lo utiliza solamente para que reciten las justificaciones a sus torpezas.

Ese es el paisaje democrático al que asistimos desde que el dictador se fue. Y mientras se arriman los primeros fracasos de cada gobierno que encarna nuestras esperanzas, el de turno busca auto legitimarse haciendo que sus “heraldos y voceros” y especialmente las “mayorías”, le otorguen “una legitimidad histórica y una coartada moral”. Por lo que últimamente, la convocatoria al pueblo ya no es sólo el saludable aliento a la “participación”, sino buscar –a como de lugar- la legitimación del poder. Entonces se inventan excusas re inventando conceptos: se habla de democracia participativa, se alientan reivindicaciones, expansiones emotivas y se procura la vocinglería de las grandes movilizaciones. Los ejemplos nos abruman mientras repasamos nuestra historia: sangrientas guerras civiles además de ingredientes sociales que han eternizado los conflictos y consagrado nuestro inveterado menosprecio a las instituciones. Hasta poco antes de ayer, “… los alcaldes del campo, la peonada de arrabales y estancias” eran usados por el poder de turno para destruir a sus adversarios. Los mismos “altruistas objetivos” motivó la creación del “batallón guarará” armado con lo mas gramado del “raidaje” asunceno por Juan B. Gill. Tenía poder: era Ministro de Hacienda y el éxito de sus estímulos a la “autocrítica” de sus enemigos, lo catapultó a la Presidencia de la República (1874/1877).

Pero el sentido común además del democrático, deben adjudicar a la participación los códigos correspondientes. Porque la misma debe estar dirigida a captar los mejores aportes de cada individuo. De cada grupo. Cualquiera de los ciudadanos tiene derecho expresarse y ser escuchado con lo mejor de sus posibilidades y talentos. Con lo mas útil. El derecho a la participación o la misma libertad de expresión se concreta por lo valioso de esos aportes. De ahí la importancia de la educación. No se trata de mezclar simplemente guaraní con un reducido inventario de terminología política para que algunos se arroguen la exclusividad del preciado derecho de la interlocución popular.
Porque promover la participación a ultranza, sin condiciones, sin el contrapeso o contrapartida de ideas y proyectos, sin el aliento a la concurrencia de todos los ciudadanos y no sólo de los mas violentos, de los mas audaces, es retrotraer la sociedad al predominio de las multitudes irracionales. De la masa que medra a la sombra de la impunidad y de la indolencia o incapacidad
-cuando no irresponsabilidad y falta de compromiso- de los gobernantes.
La participación está de moda y como tantas cosas de los tiempos democráticos, absolutamente pervertida. “Participá y ganá …” pareciera ser la consigna. Porque el gobierno no tiene interés de escuchar a nadie. Sólo sumar voces, rugido de grupos intolerantes que buscan precisamente desalentar la participación de los que tienen algo que decir.

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