UNA SIMPLE LECCIÓN DE VIDA

Parece mentira, pero a veces las cosas se salen de sus carriles normales y pasan a otra dimensión. Suena medio rebuscado, pero es así como les digo. Estoy pasando por una fase donde me encuentro demasiado sensible, quizás sea mi medicación o estoy entrando en un período de senilidad prematura, vaya uno a saber cual opción.
Pero en fin, recibí un correo que me envió un querido amigo, tan apasionado como yo por los libros, en el que dos bailarines orientales, (no sabría distinguir bien su nacionalidad), danzaban un ballet cuya osada coreografía, me impactó sobremanera. Sus piruetas evolucionaban por todo el ancho del escenario, buscado dar rienda suelta a sus emociones, mediante una variedad impresionante de movimientos que los hacían con elasticidad, suma elegancia y una gran coordinación en sus desplazamientos.

 Sin embargo había algo raro en su baile, y no sabía que era. Algo no encajaba del todo, a pesar de lo maravilloso que estéticamente se veía. Mire y recontra miré, hasta que por fin descubrí cual era el secreto. El bailarín danzaba sin una pierna, ayudado por una sola muleta de aluminio. Ella evolucionaba en sus maravillosos movimientos, haciendo giros alrededor de él, y luciendo la falta de uno de sus brazos.
Lo sorprendente del caso, es  que su danza se veía tan bien que era como que, el miembro que a cada uno de ellos le faltaba, no eran necesarios ni imprescindibles. O, al menos, esa fue la sensación que intentaban proyectar hacia una numerosa platea, también repleta de orientales, que algunos aplaudían a rabiar, mientras otros, pañuelos en mano, lloraban a “moco tendido”.
 Tengo que confesar, y no me da ninguna vergüenza, que durante los cinco minutos que dura la proyección de este video, entre a lagrimear como loco. Ya les dije más arriba que estoy pasando por una fase donde me encuentro hipersensible. Pero al ver la valentía de esa pareja, al superar todos sus impedimentos físicos, y también de vencer las leyes del equilibrio, es como para emocionarse y sentir, por ellos, una verdadera admiración.
Claro que para llegar al nivel de perfección, que ambos demuestran, en cada uno de sus movimientos, debieron pasar muchos, pero muchos meses de una dolorosa rehabilitación, no sin antes haber superado un largo período de depresión post-amputación. Esto lo sé, porque lo observé cuando estuve en el hospital de veteranos de guerra más grande del mundo, en San Diego, California, acompañando a un compañero de facultad, cada vez que este iba a visitar a su hermano mayor, luego que lo trajeron, en 1972, desde Vietnam, previa estadía en Alemania Occidental.
Él perdió su pierna al pisar una mina, en la selva vietnamita. Dos veces intentó suicidarse y otras tantas, los médicos lo salvaron. Todo un año pasó en San Diego, solo porque los médicos no se animaban a darle el alta, ya que querían evitar un tercer intento. Sin embargo, el hermano de mi amigo tuvo la suerte de conocer a un ex basquetbolista que jugaba en silla de ruedas.
Este hombre era un excelente jugador, aún estando en esa condición. Su velocidad era impresionante, así como había logrado dominar una enorme cantidad de trucos montado sobre su silla rodante. No fue fácil convencer al hermano de mi amigo a seguir el ejemplo de aquel morenazo valiente, pero gracias a las instancias de todo el mundo, en especial de su psiquiatra, al final aflojó.
En el año 1975, pocos meses antes de terminar mis estudios, me enteré que el hermano de mi amigo, había sido designado por el Comité Olímpico de EEUU, como el nuevo entrenador de la selección en unas olimpíadas paralelas, solo para gente con impedimentos físicos. Todo un honor para alguien que pensó que cuando perdió su pierna, había terminado su vida y su mundo. Al contrario, el destino había puesto en el camino del hermano de mi amigo a aquel basquetbolista para darle una segunda oportunidad, una especie de “volver a nacer”.
Me acuerdo que me emocioné mucho en ese momento, tanto como cuando vi las escenas del video y lo relacioné con aquel episodio que viví en San Diego. Todos estos detalles que les he contado han servido de preámbulo para hacerle notar que existe una clase de gente muy especial, pero no por su condición física, si no por ese temple de acero y que tanto yo admiro, en aquellas personas que se sobreponen a todas las piedras que se les pone mientras recorre el camino de la vida.
Mientras el resto de los mortales se la pasa quejándose por estupideces, todo el santo día. Cosas sin importancia, que a veces nos amarga la existencia en el medio de la jornada y entonces comienza a reinar el malhumor.

¡Cuán badulaque somos! y me incluyo en la lista, porque nos sucede lo antedicho. Estamos sanos, tenemos nuestros dos brazos y nuestras dos piernas y todos los sentidos funcionando y no nos contentamos con eso. Queremos más, más y más.

Solamente cuando perdemos la salud, ahí tomamos conciencia que el resto de las cosas materiales no tienen ninguna importancia. Es en la soledad de la cama cuando tomamos conciencia plena de todo lo equivocado que estamos, pero luego de recuperados, volvemos a olvidarlo. Estupidez humana o insatisfacción de los mediocres, elija usted lo que más crea conveniente.

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