Ese autoritarismo fue creciendo, luego de la Guerra de Corea (1950-53), debido a que uno de los gobiernos involucrados, Corea del Sur, le pide su intervención; hasta llegar a la invasión de Irak, en la que forjó fantasmas, como una simple excusa para salvar al mundo de las “garras” de Saddam Husein, sacarle supuestas armas de destrucción masiva y desarticular todo probable apoyo al terrorismo.
En estos últimos casi 60 años, de historia contemporánea, el gran país del norte nos invadió y hasta avasalló culturalmente con sus películas, su música, su estilo de vestir, su comida “basura”, sus bailes, y hasta los mismos hábitos de consumo de drogas, su violencia urbana y el consabido consumismo masivo, aún de lo que no necesitamos.
Nos impuso con presión sus créditos y su “carnicera” política neoliberal, así como la moda de la globalización. De una manera u otra nos obligó a endeudarnos con créditos que sabían muy bien que con el tiempo, nos terminaría por ahorcar.
Fueron precisamente ellos, los norteamericanos, quienes mandaban personal de segunda línea, a enseñarnos como debíamos cuidar de nuestra economía y qué medidas tomar para corregir cualquier mínimo desvío que pudiera producirse. Pero como todo tiene su punto máximo, luego también se produce su inminente caída. El gran imperio del norte, estiró todas las cuerdas hasta tensarlas de tal manera que se terminaron irremediablemente por cortar.
La política, que juega un papel paralelo a la economía, acabó por encontrarse en un punto, para después estallarles en la cara. El presidente Bush, como le pasa a todos los mandatarios que cumplen dos períodos seguidos, creyó ciegamente y con soberbia que su gestión era intachable.
Ahora EEUU, como en Paraguay, muchos seguidores del partido Republicano llaman a Bush, “el comandante de la derrota”, además de soportar el peor trance económico de su historia, solo comparado con la crisis del 24 de octubre de 1929.
Esta vez los llamados “maestros”, los que nos enseñaban como debíamos vivir, se han equivocado. Eso demuestra que debemos indudablemente buscar nuestras propias recetas y aprender de nuestros propios errores.


