Stalingrado

Enrique Vargas Peña

En su triunfal avance hacia el Cáucaso, dentro del territorio ruso, durante el verano de 1942, en plena II Guerra Mundial, las fuerzas alemanas llegaron a las afueras de una militarmente poco importante ciudad, Stalingrado, llamada así en honor al entonces dictador de la ahora desaparecida Unión Soviética, José Stalin.

El avance alemán había sido tan rápido que las líneas de abastecimiento de los ejércitos Cuarto Mecanizado y Sexto, dos de las más eficaces y combativas fuerzas alemanas, estaban a punto de soltarse, razón que movió a Adolfo Hitler, dictador de Alemania en aquellos días, a ordenar el desvío del empuje de la ofensiva hacia la ciudad.

Hitler consideró dos elementos para tomar esa decisión. Primero, la ya mencionada necesidad de reorganizar las líneas de abastecimiento. Segundo, consideró que, dadas las circunstancias, sería importante para la moral alemana conquistar una ciudad con el nombre de su enemigo, Stalin.

Dispuso, pues, que el Sexto Ejército girara hacia la ciudad y la conquistara, operación que se inició el 23 de agosto de 1942.

Consciente de la extensión de las líneas alemanas de abastecimiento, y por las mismas razones de prestigio en las que pensaba Hitler, Stalin ordenó defender la ciudad a cualquier costo, nombrando a uno de sus más estrechos colaboradores, Nikita Sergeyevich Khrushev, como comisario político de la resistencia.

Los alemanes se habían apoderado ya del noventa por ciento de la ciudad cuando el 19 de noviembre de 1942, el Ejército Rojo soviético lanzó su gran contraofensiva conocida como “Operación Urano”, diseñada para eludir a los alemanes pero para atacar a sus flancos, defendidos por ejércitos rumanos y húngaros.

La operación fue un éxito, pues los aliados de Hitler no pudieron resistir el embate soviético permitiendo al Ejército Rojo cercar al Sexto Ejército alemán dentro de la ciudad, cortando sus suministros.

El 2 de febrero de 1943, diezmado por el hambre, por el frío, por la falta de municiones, el hasta entonces imbatido Sexto Ejército alemán tuvo que rendirse.

Esa batalla, la “Batalla de Stalingrado”, cambió el curso de la guerra pues no solamente detuvo el avance alemán en Rusia, sino de minó irreversiblemente la moral de los ejércitos de Hitler.

Desde el triunfo de Dilma Rousseff en las elecciones brasileñas, ella y su canciller, Antonio Patriota, estuvieron ideando la manera de superar el veto paraguayo al ingreso de la dictadura que oprime a Venezuela a MERCOSUR, que Brasil requiere imperiosamente para hacer pagar a los venezolanos el mantenimiento de alguna de sus industrias clave, por ejemplo la de aviación.

Contaron en todo momento con la activa colaboración de sus satélites, Argentina y Uruguay. El presidente uruguayo, José Mujica, llegó a proponer, como se recordará, incurrir en alguna trampa jurídica que permitiera dejar de lado el veto paraguayo.

El 22 de junio de 2012, Rousseff y Patriota vieron una oportunidad para el asalto: El proceso constitucional paraguayo que destituyó a Fernando Lugo de la presidencia de nuestra República.

En lugar de respetar nuestro proceso constitucional, democrático como pocos en el mundo, como era su obligación, intervinieron abiertamente en él, desconociéndolo.

Inmediatamente impusieron a sus satélites, Argentina y Uruguay, la realización de un golpe bruto en MERCOSUR, ordenando la suspensión de nuestro país del bloque en violación flagrante del Protocolo de Ushuaia (arts. 4 y 5).

No contentos con eso, violaron después el Tratado de Asunción (art. 20) y el Protocolo de Ouro Preto (art. 37) para meter por la fuerza a la dictadura venezolana al bloque sin el consentimiento paraguayo (), () ().

Para meter a una dictadura, expulsaron a una democracia.

Además, activaron militantemente a sus agentes en Asunción, para tratar de lograr la rendición paraguaya desde adentro: Nueve senadores liberales trabajaron abiertamente para que nuestro país se rinda y acepte los brutales atropellos brasileños ().

Estos nueve, nunca deberían volver a tener ningún cargo público paraguayo.

Pero a pesar de esos agentes de Brasil, los paraguayos resistimos y nuestro Senado, a la altura de los mejores tiempos de nuestra gran República, rechazó el ingreso de la dictadura que oprime a Venezuela a MERCOSUR, dentro de todas sus potestades legítimas regladas por los tratados que, a pesar de Dilma Rousseff y Antonio Patriota, rigen al bloque.

Que conste que los nueve agentes de Brasil que integran la bancada liberal de senadores no pierden oportunidad de pedir que esa decisión enaltecedora de nuestro Senado sea revisada () ().

Paraguay está frenando así, con la decisión del Senado de rechazar el ingreso de la dictadura venezolana a MERCOSUR, la ofensiva brasileña. Ahora tenemos la oportunidad de pasar a la contraofensiva de un modo tal que el prestigio de Dilma Rousseff y Antonio Patriota se derrumbe de un modo decisivo, cambiando el curso de los acontecimientos.

Brasil reconoció esta semana que, en efecto, se enfrenta a un problema jurídico para perfeccionar el ingreso de la dictadura que oprime a  Venezuela a MERCOSUR ().

Si los paraguayos nos mantenemos firmes, si tenemos consciencia de nuestra capacidad real en esta cuestión, Dilma Rousseff y Antonio Patriota no podrán resolver el problema que, si trabajamos bien, será el mayor fiasco de su historia diplomática.

Pero nosotros no tenemos que detenernos en derrumbar el prestigio y la capacidad de maniobra de Rousseff y Patriota.

Ahora tenemos la oportunidad también de convertir ese fiasco, en una catástrofe económica para esa dupla: Podemos y debemos hacer ver a la Unión Europea que Brasil no es confiable, porque acostumbra a violar los tratados de acuerdo con sus necesidades políticas. Podemos y debemos explicar a Europa los riesgos de asociarse a Brasil. Podemos y debemos hacer que Brasil pague más, mucho más, por poder asociarse a Europa ().

Si trabajamos bien, si los agentes de Brasil entre los liberales y los demás que tiene no logran impedirlo, podemos convertir esta situación, como los rusos en 1943, en el Stalingrado de los imperialistas agresores.
 
Publicado en la edición impresa de La Nación del domingo 09 de setiembre de 2012