Enrique Vargas Peña (foto de vivapy.wordpress.com)
Los “cien días” que son famosos y que iniciaron esta tradición de evaluar la gestión de presidentes recién electos fueron los que transcurrieron entre marzo y junio de 1933, en Estados Unidos, cuando Franklin Delano Roosevelt inició su presidencia.
Roosevelt tomó posesión de la presidencia norteamericana el mismo mes en que los indicadores económicos mostraban la destrucción de casi la mitad del producto industrial estadounidense, con las consecuentes caídas catastróficas del ingreso per cápita y del empleo, originada en la crisis financiera de 1929.
En su primer discurso como presidente el 4 de marzo del 33, Roosevelt definió el rumbo que quería dar, y que dio, a su presidencia: “Este país exige acción, y una acción inmediata. Nuestro mayor y primordial empeño es el de poner a la gente a trabajar”.
Convocó al Congreso a una maratón legislativa en la que obtuvo casi todas las leyes que pidió para buscar el logro de su objetivo. Obviamente, Roosevelt no obtuvo todo lo que busco, pero logró una poderosa e inmediata reactivación productiva que para julio del 33 ya crecía decididamente hacia los niveles previos a 1929.
Pero lo más importante fue, como lo definió Walter Lipmann, que “a fines de febrero” (de 1933) “éramos un montón de turbas y facciones atacándonos desordenadamente en pánico. En los cien días…volvimos a ser una nación organizada, confiada en nuestro poder de proveernos nuestra propia seguridad y en control de nuestro propio destino” ().
Otros cien días no menos famosos fueron los primeros de Ronald Reagan, a quien según las encuestas los norteamericanos de hoy consideran su mejor presidente ().
En enero de 1980, los norteamericanos sufrían una de las mayores, sino la mayor, inflación de su historia, 12.5%. El desempleo orillaba el 8% y país había perdido el liderazgo mundial.
En su primer discurso como presidente el 20 de enero de 1980, Reagan definió el rumbo que quería dar, y que dio, a su presidencia: “En la presente crisis, el gobierno no es la solución para nuestros problemas, el gobierno es nuestro problema”.
Reagan también convocó al Congreso a una maratón legislativa en la que logró la mayor parte de sus objetivos. Para cuando dejó la presidencia, en 1989, la inflación estaba en 4.4%, el desempleo no superaba el 5% y Estados Unidos era la potencia hegemónica del mundo.
Horacio Cartes arrancó su presidencia en nuestro país con problemas diferentes, y no por la magnitud, a los que enfrentaron Roosevelt y Reagan y que podemos sintetizar en lo siguiente: Sufrimos un Estado que está secuestrado por los políticos y que ha sido convertido en fuente de privilegios para ellos y sus clientes y que, por tanto, no presta ni puede prestar adecuadamente ninguno de los servicios para cuya prestación existe contribuyendo decisivamente a que la pobreza que padecen más de dos millones de paraguayos no pueda ser solucionada.
La indignación ciudadana que está de manifiesto ahora tiene que ver con el agotamiento total del modelo prebendario que los políticos impusieron, estamos al borde, los paraguayos, de una descomposición grave de nuestro sistema institucional.
La gente sabe ya ahora que los impuestos que los políticos nos cobran se usa para dar empleo a los afiliados de los partidos políticos, violando el Artículo 47 inciso 3 de nuestra Constitución (“El Estado garantizará a todos los habitantes de la República: 3. la igualdad para el acceso a las funciones públicas no electivas, sin más requisitos que la idoneidad”) y la ley 1626/00. Más del cien por ciento de todos los ingresos tributarios se aplican a pagar el gasto corriente así generado ().
El presidente Cartes impulsó y obtuvo dos leyes, la de Responsabilidad Fiscal y la de Alianza Público Privada, que pueden contribuir a aliviar la falta de inversión que es consecuencia del abuso que los políticos hacen de los ingresos tributarios, pero no impulsó absolutamente ningún cambio en el Presupuesto General de Gastos, que sigue financiando los privilegios de los políticos, ni alentó las leyes necesarias para poner fin al prebendarismo.
Parafraseando a Reagan, “el funcionariado no es nuestra solución, es nuestro problema” y es necesario un cambio radical y drástico en la manera en que se integra y funciona.
En estos primeros cien días de Horacio, el gobierno ha sido tímido, demasiado tímido, en el intento de atacar el prebendarismo de los políticos, para ponerle punto final de una buena y definitiva vez.
Nuestro presidente está corriendo un riesgo que no puede darse el lujo de correr. El de terminar como Nicanor Duarte Frutos y Fernando Lugo, paralizados por la burocracia prebendaria y los intereses de los políticos.
Los prebendarios son violadores de nuestra Constitución y de la ley, las violan para apropiarse indebidamente de recursos públicos, no merecen ninguna contemplación, ninguna consideración, ninguna concesión, simplemente hay que imponerles sin más trámites nuestra Constitución y la ley.
Aunque se enojen Yoyito Franco y Enrique Bacchetta, aunque se disgusten Oscar González Daher y Ramón Gómez Verlangieri, aunque amenacen Blas Llano y Julio César Velázquez.
Si Horacio no lo entiende, tendremos cinco años perdidos, otra vez.
Artículo publicado en la edición del domingo 24 de noviembre de 2013 de La Nación ()
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Ultima Hora: En cien días, seguimos manteniendo a los prebendarios, nada más (ow.ly/r7WU4).















