El discurso del presidente

Enrique Vargas Peña (foto de mre.gov.py)

Agradezco a nuestro gobierno la oportunidad que me brindó de acompañar al presidente de la República, Federico Franco, durante las gestiones que desarrolló en el marco del 67 periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Estas gestiones tenían dos motivaciones políticas principales, o al menos debía tenerlas, además de las económicas sobre las que no me ocupo en esta columna.

Una, mostrar a la opinión pública nacional que no es cierto que nuestro país se encuentra aislado, sino que se encuentra en normales relaciones con la comunidad internacional excepto Brasil y sus satélites de UNASUR.

Dos, generar en la comunidad internacional (la suma de jefes de Estado, gobierno y ministros de Exteriores que concurre a la Asamblea de la ONU) el más fuerte impacto posible acerca de la agresión que está sufriendo Paraguay por parte de Brasil.

A mi modo de ver, el primero objetivo se logro plenamente, fue una victoria completa del gobierno.

El segundo objetivo debía lograrse sobre todo mediante el discurso del presidente ante la Asamblea que, en términos generales, ha brindado desde sus orígenes hasta hoy, poca atención a los asuntos paraguayos o a los discursos de nuestros presidentes.

La semana en Nueva York dio la impresión, alentadora, de que el gobierno estaba desarrollando una estrategia de generación de expectativas, tanto con las declaraciones del presidente en CNN en Español como con su enérgico encuentro con Mariano Rajoy, primer ministro español.

Se trabaja en generar expectativa cuando se va a decir algo importante; y si no se dice algo importante después de haberla generado, se defrauda a los que estaban esperando. Es lo que me ocurrió, en lo personal.

Espero que nadie piense que mi crítica al discurso se debe a que he cambiado de posiciones sobre nuestra situación internacional. Al contrario, es porque estoy más radical que nunca en ellas y le exijo al gobierno no solamente tener la voluntad de defender el interés nacional paraguayo, que creo que la tiene, sino ser eficaz al hacerlo, que creo que no lo es.

Explique por radio -y agradezco muchísimo a los compañeros de la 9.70AM y a los amigos de radio Primero de Marzo y de Radio UNO haberme dado la oportunidad de conversar con ellos sobre este tema- que el discurso del presidente tuvo dos fallas graves, que redujeron su potencial impacto a poco más que nada.

El discurso fue redactado por alguien que evidentemente no internalizó el concepto de “prime time” que debe conocer cualquiera que desee hacer comunicación pública.

El discurso del presidente fue redactado por alguien que, evidentemente, no sabe que los discursos presidenciales son hoy solamente comunicación pública y nada más que comunicación pública.

El “prime time” es el espacio de tiempo principal en la televisión norteamericana, aquel en el que los medidores de rating saben que la mayor cantidad de gente esta efectivamente “mirando” la programación.

Por eso, el “prime time” es el espacio mejor cuidado, el que se vende más caro.

Por asociación, se usa el concepto también en radio, en redes sociales y en la oportunidad de los discursos.

El discurso en Naciones Unidas es el “prime time” de todos los jefes de gobierno del mundo para hacer notar algo sobre sus países a una audiencia muy particular: sus pares, las personas capaces de tomar decisiones que pueden impactar en el país representado.

Tienen solamente quince minutos, nada más, para aprovechar; es obvio que hay que aprovechar ese breve tiempo para decir lo más urgente, lo más necesario, lo de mayor impacto.

El discurso del presidente Franco gasto alrededor de nueve minutos en referirse a asuntos que no eran lo más urgente, ni lo más necesario, ni lo de mayor impacto. Es decir, quien le hizo el discurso no entiende el mundo en que vive.

Para hacerlo sacrificó la claridad y el detalle de lo que dijo en los seis minutos iniciales, reduciendo drásticamente su capacidad de impactar decisivamente en nadie. O sea, quien le hizo el discurso ni siquiera entiende de oratoria.

La consecuencia es que la posición paraguaya no tuvo impacto alguno. Pasó desapercibida. Con el discurso del presidente no fortaleceremos nuestros intereses.

El discurso del presidente tampoco tuvo en cuenta el “timing”, la elección del momento adecuado para decir las cosas adecuadas a ese momento.

Un par de ejemplos sencillos permitirán entenderlo mejor.

Si un candidato presidencial quiere decir algo importante que sea verdaderamente escuchado por sus seguidores o potenciales electores y programa el acto en el que pronunciará el discurso a la misma hora que una definición de campeonato Olimpia-Cerro, está claro que fracasará estrepitosamente.

Si un candidato quiere hablar de temas de desarrollo científico pero invita a escucharlo a trabajadores bancarios, lo que obtendrá es una sala vacía y una audiencia dormida.

Luego, el trabajo de los consultores políticos consiste en buscar el “timing” de cada tema, para que su candidato tenga impacto en el electorado. No es tan difícil de comprender.

Pero, además, el discurso del presidente tuvo un problema de fondo, no de forma. Apoyando la posición brasileña sobre la reforma de la ONU (ampliación del Consejo de Seguridad y miembros permanentes por región), el presidente Franco emitió una señal de debilidad que envía un mensaje peligrosísimo a Dilma Rousseff y a sus satélites.

Cualquiera que sepa algo de historia sabe que cuando un gobierno emite señales de debilidad ante quienes lo están agrediendo, el agresor agrede con más furia. Es la lección de Munich, en 1938, donde las democracias occidentales emitieron señales de debilidad a Hitler, que simplemente concluyó que tenía la oportunidad del acelerar sus planes.

Quien haya redactado el discurso del presidente no aprendió esa lección básica de la historia y le hizo cometer al gobierno un grave, grave error.

Me dijeron que semejante disparate se hizo a pedido de Colombia, a cambio de que Colombia interceda en UNASUR. No sé si es cierto, pero si lo es, quiere decir que en el gobierno hay gente que no está entendiendo lo que significa UNASUR y por qué Paraguay no debe volver a UNASUR bajo ninguna circunstancia.

UNASUR es la formalización de la hegemonía brasileña en América del Sur y es inaceptable para Paraguay. Eso no lo tienen claro los redactores del discurso del presidente y, por tanto, su continuidad en los cargos que ocupan es un riesgo para el interés nacional paraguayo.

Ya empezamos a pagar, por este lamentable desacierto del presidente y por el desempeño de sus asesores en la materia, un precio muy caro. Uruguay mostró el sábado, diciendo ante la ONU que en Paraguay hubo “quiebre del proceso democrático”, que la señal de debilidad ya está surtiendo efecto. Es un precio que gente competente le hubiera ahorrado al país.


Publicado en la edición digital de La Nación del sábado 29 de setiembre de 2012

EL TAMAÑO SI IMPORTA

Para aquellos que tengan la mente podrida y hayan pensado que el título sugería algo más morboso, se han equivocado plenamente de cabo a rabo. Lo que intento hacer, es exponerle mi modesto parecer sobre la verdadera dimensión que debería tener el aparato estatal. 


La polémica generada por el verdadero tamaño que requiere un estado, para ser ágil y eficiente, es tan viejo como la historia misma de la civilización del hombre. Si bien, el término Estado tiene un significado bastante amplio, en esta ocasión, únicamente me referiré al  sector operativo. 

El debate generalmente llevado por la izquierda echa pestes sobre las privatizaciones y la derecha hace lo mismo con las estatizaciones. Sin embargo ambos extremos se olvidan que tienen un enemigo en común llamado gigantismo estatal y que es peligrosísimo si no se toman las medidas del caso.

En nuestro país, como en la mayoría de las naciones del Tercer Mundo, tenemos un Estado con cada vez más grande y completamente saturado de funcionarios públicos, con una infinita cantidad de  organismos estatales atomizados, y por supuesto ineficientes, prestando servicios de pésima calidad.

También es muy fácil que se confundan la política de un gobierno, el de una persona o algún partido político, con lo que debería ser la verdadera función del Estado.

Un poderoso motivo para que en Paraguay no haya privatizaciones masivas, es que la gran cantidad de funcionarios, constituyen un mercado cautivo, que garantiza, presiones mediante, muchos votos seguros, durante las elecciones. Eso sucedió durante 60 años con los colorados en el poder. Y ahora los liberales, le están tomándole  el gusto a esto.  

Muchos se olvidan que la verdadera función del Estado es darle seguridad, salud y educación a toda la población, sin ningún tipo de discriminación, tanto a naturales como extranjeros y por supuesto fiscalizar que esto se cumpla. 

El Estado no puede ni debe asumir las funciones de empresario, ya que para esto se encuentra la actividad privada. Su deber es evitar que se creen usurarios monopolios, tanto estatales como privados y posibilitar la ampliación de las opciones, para el usuario común. 

En Paraguay todavía se piensa que el tamaño estatal es un tema que tiene que ver con la ideología, cuando esta cuestión solo pasa por la honestidad. En este país siempre se robaron todo, hasta la comida del gato. Si los funcionarios no son honestos y el Estado no los castiga, solo los están premiando con la impunidad. Esto también es una forma de comprobar que sus poderes no funcionan.

Estando en un verdadero estado de derecho, todos deberíamos estar sometidos a los límites que imponen las leyes, inclusive los  funcionarios de mayor jerarquía, cosa que en nuestro país, no se da. 

Porque pareciera que aquellos fueran ciudadanos de primera y el resto de la población, integramos la mayoritaria masa de los habitantes de segunda y tercera categoría. Nosotros debemos cumplir todo a rajatabla mientras que ellos pueden obviarlas cuantas veces quieran.

Es por eso que deben existir limitaciones constitucionales y legales para contrarrestar al abuso del poder de las instituciones o de los funcionarios más altos del escalafón. Una vez identificado hasta donde llega el límite de cada uno de los poderes, entonces es posible intentar  generar una función eficiente. 

Sin embargo existe un ingrediente más no contemplado. Cuando un país no puede o no tiene la capacidad de crear fuentes de trabajo genuino y satura de funcionarios todos los organismos estatales, en todos los niveles, llámese municipal, gubernamental, estatal y empresas del Estado; colocando a muchos de ellos, en funciones no muy bien especificadas; ese país jamás podrá despegar del subdesarrollo en el cual se encuentra sumergido.

¿Por qué sucederá esto?, muy simple. La enorme carga burocrática será excesiva para sostener el peso tributario. Por lo que se deberán crear nuevos impuestos, pero no para la compra de bienes de capital o inversiones en infraestructura. 

Nada de eso. Los tributos solo servirán para pagar sueldos y cargas sociales a una gran masa de empleados públicos que se identifican por ser incapaces técnicamente, desconocer las tecnologías, su total desinterés por lo que hacen y su total falta de vocación de servicio.

Por lo tanto, los pocos que no evadan sus impuestos, deberán cargar con el peso muerto que representa la burocracia estatal. Este tipo de “beneficencia asistencial” es realmente injusto y bastante peligroso. Sacando raras excepciones, el Estado es ineficiente, y esto se nota con ANDE, COPACO, PETROPAR y demás joyas de la  corona.

Los de izquierda dicen que privatizar es vender la soberanía y los  neoliberales se quejan que los servicios públicos siempre dan pérdidas. Lo cual no siempre esto es verdad, porque siempre existe algo de elasticidad. Cada caso es un caso. La privatización no es mala si el Estado tiene un ente fiscalizador que haga que la empresa concesionaria, cumpla lo pactado. El problema surge en el momento que el Estado no hace cumplir las leyes y encima se deja coimear.

Otro ejemplo claro sería el servicio de transporte público de pasajeros. El cual es privado. Sus colectivos son viejos, sucios, no cumplen ningún tipo de horario y el servicio es caro por lo que le dan a cambio al pasajero. Se imaginan entonces lo que sería este servicio si fuera estatal. Sería la misma porquería de ahora o tal vez mucho peor.

Cuanto más grande sea el Estado, más ineficiente e inmanejable será. Si este mismo fuera capaz de generar mano de obra legítima, entonces tendría la posibilidad de ir desprendiéndose de a poco de aquellos elementos innecesarios, que teóricamente serían ocupados por la actividad privada, independientemente sea este un Estado privatizador o estatizante.

Por eso considero que el tamaño del Estado es muy importante, ya que la diferencia invertida en sueldos, con gente no productiva, será destinada a otros menesteres más positivos. Poca gente, pero técnicamente preparada, puede lograr verdaderos milagros. Otros lo hicieron, ¿Por qué nosotros no?