CADA UNO ES, COMO ES

Y aunque parezca una frase cursi y anticuada, ustedes ni se imaginan, lo vigente que ella esta. Dios nos ha puesto sobre la faz de la tierra con un propósito y nos dio todos los elementos para que podamos sobrevivir. 

El propósito ya lo averiguaremos con el transcurrir del tiempo, que hará que nuestros talentos personales afloren, pero que también es necesario darle una forma sólida y esa es capacitándolos. 



Un muchacho puede ser un talentoso aprendiz de músico, tocando muy bien de oído, pero si no perfecciona su arte, estudiando cómo se debe, y con quién sabe, será solo un mediocre más, el resto de su vida, al menos en ese aspecto. También es cierto que el ser humano es un ente totalmente disconforme y vive así durante el tiempo que respira. 

Ese inconformismo ha hecho que siempre haya alguna parte de nuestro cuerpo que nos desagrade o no se encuentre como nosotros lo desearíamos. Esto en la adolescencia es mortal y es un largo tema de complejos y fastidios personales, que hace que uno se vuelva más tímido o retraído. 


En la edad adulta estas minucias, generalmente se superan o se toleran más, dado que los problemas son otros, mucho más importantes, desde luego, pero que a la luz de la madurez, siempre terminan siendo minimizados. Eso al menos en los varones. Con las mujeres, el razonamiento es bien distinto.

La vanidad femenina no tiene límites y sus disgustos en cuanto a su cuerpo es permanente y se potencia cada vez que están frente a un espejo. Elemento este casi indispensable en la vida diaria de toda mujer, pero con la invención del celular, evidentemente ha pasado ya a un segundo plano. 

Decía que el inconformismo que la mujer tiene hacia su propio cuerpo es casi proverbial. O no le gusta su nariz, o esconde sus orejas, alguna que otra arruguita fuera de lugar, los pechos son muy chicos o son muy grandes, o están caídos y la nalga es demasiado ancha, o fláccida o simplemente no existe. Piernas demasiado gruesas como jamones o finitas como fideos. Siempre hay un motivo para que ellas mismas no se sientan a gusto. 


Por eso es que las mujeres son presa fácil de la publicidad que aparece en cualquier medio de comunicación masivo. Se aprovechan de su lado flaco, como cuando se estuvo promocionando los milagrosos efectos que previenen y reparan arrugas, manchas en la piel, cicatrices, celulitis, acné, marcas de granos, con la famosa crema de “La Baba de Caracol” que supongo debe ser tan efectiva como “El moco de Gorila”. 

Los varones, generalmente no son tan complicados por más “metrosexuales” que sean. Aún así, algunos recurren, claro que en mucho menor grado, a las bondades de la cirugía plástica, rama de la medicina, que más se ha mercantilizado profesionalmente, impulsando modas mediáticas que se apoderan de la voluntad y lo encaminan directamente hacia el quirófano, con la promesa tácita que saldrán, de allí, verdaderos Adonis o Afroditas. 


Volviendo lo que les decía al principio, Dios le ha dado a cada uno de nosotros un propósito y un talento a desarrollar. 

Pero a pesar que venimos al mundo, con estos dos valiosos elementos, pareciera que ambos fueran insuficientes como para dejarnos satisfechos por completo. Eso se debe a que no siempre es de nuestro agrado, lo que la naturaleza nos ha provisto. 


Como antes decía, nadie está conforme con lo que vino de fábrica a este mundo. Él que les escribe tampoco. Y aquí viene mi secreta confesión. 

Nunca estuve conforme con el tono de mi voz, que suena espantosamente mal. De esto me di cuenta cuando era jovencito y jugaba con un primitivo grabador de cinta de mi papá. Me molestaba mucho, pero nada podía hacer al respecto. 

Muchos años después, cuando comencé un programa en la radio comunitaria Tacuru Pucu 88.7 FM, de Hernandarias, y escuchaba las grabaciones que hacia el operador, me causaba un gran disgusto y algo de vergüenza, sin embargo, esa misma voz, espantosamente fea, se hizo muy conocida en la zona, pero no como sonaba al oído, si no por lo que decía en dicho programa. 


Lo más interesante de todo, es que aquello no fue un hecho aislado, porque algo muy similar me ocurrió en radio Corpus de Ciudad del Este. Mi voz se hizo sentir, aún teniéndole un semi-odio escondido, casi a flor de piel. Otra de las cosas que me hubiera gustado tener es apenas unos diez centímetros más, de altura. 


Quizás eso me hubiera posibilitado, muchas más conquistas. Sin embargo en ese aspecto nunca me fue mal, aunque reconozco que me hubiera facilitado las cosas. Hoy las mujeres son mucho más altas que cuando llegué a Paraguay. Las petisas casi están desapareciendo, abundando ahora “las torres”. En fin, el único consuelo que me queda es que puedo mirarles el ombligo, sin ninguna necesidad de agacharme. 

La tercera imperfección, que nunca llegó a molestarme pero, si me hubieran dado a elegir, hubiera cambiado, es mi nariz. Esta es ancha y ganchuda y parece a la de esas brujas de la Edad Media. Sin embargo, un compañero de filmación, llamado Hugo Grandi, quien con el tiempo, resultó ser uno de los mejores especialistas en efectos especiales, en cuanto a maquillaje, me sugirió que usara un bigote grande y con eso, nadie notaría entonces mi nariz. Dicho y hecho. Santa palabra. 

En resumen, nadie debe quejarse como vino al mundo, ya que todo tiene solución y de no tenerla, amargarnos no arregla de ninguna manera el problema. Lo importante no es el envase, si no el contenido. El que no entienda ni valorice esta simple frase, entonces habrá fracasado simplemente como ser humano. Y antes de despedirme, les dejo una pequeña fábula, que no por tener algo de humor, los pueda dejar meditando. 

Un elefante le preguntó a un camello: 
— ¿Por qué sus pechos están en su espalda? 
— “Bueno” – dice el camello – su pregunta me parece un tanto extraña, viniendo especialmente de alguien que tiene un pene en la cara… 
Dios le dio vida a cada uno de los seres humanos para que cuide de su propia existencia y no se preocupe por la de los otros.

Rendición ante el fanatismo

Enrique Vargas Peña (foto de swordattheready.wordpress.com)

El Diccionario de la Real Academia defineley”, “Del lat. lex, legis”, como “3. f. Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados”.

En el mismo sentido, en Wikipedia se lee que “La ley(del latín lex, legis) es una norma jurídica dictada por el legislador, es decir, un preceptoestablecido por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia. Su incumplimiento trae aparejada una sanción. Según el jurista panameño César Quintero, en su libro Derecho Constitucional, la ley es una “norma dictada por una autoridad pública que a todos ordena, prohíbe o permite, y a la cual todos deben obediencia”.

De las coincidentes definiciones transcriptas, se desprende fácilmente que la ley tiene vocación compulsiva y que es dictada por un poder que pretende obediencia.

De los cinco primeros libros de la Biblia; tres son de leyes directamente (Levítico, Números y Deuteronomio), uno es, en general, el relato de los castigos reservados a los desobedientes (Génesis) y otro es, en general también, el relato de los premios reservados a los obedientes (Éxodo).

Los cristianos agregaron muchos más libros, pero los más influyentes sin duda son la cartas del apóstol san Pablo a los Romanos y su Primera a los Corintios que, aunque no están escritas en términos legales, establecen marcos para normas legales como las que se plasman en el Código de Derecho Canónico, por ejemplo.

Los musulmanes extraen de los preceptos del Corán y del ejemplo de vida del Profeta Mahoma su “Sharia”, la ley islámica.

Luego, queda claro que las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo, en orden cronológico de aparición) no son otra cosa que instrumentos de poder.

No es accidente, no es casualidad, no es coincidencia que los agentes de estas tres religiones no busquen otra cosa que la capacidad de compeler, por cualquier medio, a la gente.

El judaísmo nació como una religión nacional, una religión de Estado. Jehová no era dios del mundo, sino el dios de Israel (Isaías, 45:3). La fuerza coercitiva de la nación hebrea imponía las leyes de ese dios a su pueblo.

El cristianismo logró conquistar el poder luego de trecientos años de incesante esfuerzo. Por eso veneran los cristianos, sin distinción entre católicos, evangélicos, ortodoxos o coptos, a san Agustín, el proponente de “La Ciudad de Dios”.

El islamismo también nació como una religión nacional, pero como el cristianismo, y al contrario del judaísmo, tiene vocación de “convertir” al mundo entero, para no dejar ningún espacio al pecado, a los infieles.

En busca de compeler, los religiosos monoteístas no andan con miramientos. Jehová en persona quitó la vida a Onán por el “delito” de derramar semen fuera de una mujer (Génesis 38:10). San Cirilo comandó el asesinato de Hypatia por el “delito” de enseñar ciencias no “divinas”.

La larga historia de terror que desde entonces escriben los creyentes no se puede resumir en pocas líneas. Pero los ejemplos son suficientes para señalar la actitud: Los católicos mataron gente mientras tuvieron oportunidad, Cayetano Ripoll se llamaba el último asesinado por el “Santo” Oficio de la Inquisición, el 31 de julio de 1826.

Sin vergüenza ninguna, nunca abolieron la Inquisición, solamente le cambiaron el nombre (“Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fé”), a la espera de próximas oportunidades.

Los musulmanes son los más activos actualmente en tratar de compeler globalmente a un mundo que olvidó la tragedia del gobierno religioso.

Ossama ben Laden no hizo el 11 de setiembre de 2001 por motivos políticos, aunque quieran ocultarlo. Lo hizo por motivos religiosos, para castigar al país que violó la tierra santa de los musulmanes.

El escritor Shalman Rushdie (“Versos Satánicos”) debe vivir escondido, desde que el 14 de febrero de 1989 el clero islámico ordenó su muerte (mediante una “fatwa”, decreto de ejecución de alcance universal) por haber escrito ese libro. La misma suerte corre la bengalí Taslima Nasrim.

Sufren la misma suerte (una fatwa que los condena a muerte) unos caricaturistas daneses que publicaron una serie de dibujos relativos al Profeta Mahoma en setiembre de 2005.

El mensaje de los religiosos islámicos es claro. No se debe hablar de ellos, pero ellos sí pueden imponer normas a los demás.

Ahora está ocurriendo lo mismo con motivo de una película de bajo presupuesto referida también a Mahoma, “Innocence of Muslims”, que ha provocado ya numerosos atentados islámicos con muertes incluidas.

Los musulmanes pretenden que se censure la película que consideran blasfema (“blasfemia. Del lat. blasphemĭa, y este del gr. βλασφημία. 1. f. Palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos”).

Los religiosos pretenden imponernos su manera de vivir y de pensar, pero cualquier crítica que les hagamos nosotros es “blasfemia”, merecedora de la pena de muerte.

Que los religiosos actúen así no es nuevo. Así han actuado desde siempre, como se ha visto. Lo que es nuevo, y peligroso, es la cobardía moral de los mandatarios de los gobiernos de Occidente, que aceptan restablecer el concepto de “blasfemia” y su consecuencia, la censura.

Si los religiosos quieren proponer sus leyes y sus formas de pensar, quedan obligados a aceptar la libertad de la gente de criticarlos y de criticar sus creencias.

Nadie tiene por qué aceptar someterse a ningún sistema de creencias sin un examen crítico. Y que conste que la sátira y el humor son parte fundamental de la crítica.

Tengo derecho a criticar y a satirizar toda creencia en cuyo nombre pretenden regular mi vida. Toda persona tiene derecho a hacerlo, es un derecho humano básico. No tenemos por qué aceptar imposiciones sin crítica, sin escrutinio, sin libertad.

Los religiosos deben dejar de matar gente por la calle; deben dejar de creer que tienen la verdad; deben empezar a respetar a los demás y los mandatarios democráticos deben defender la libertad, no la credulidad.


Publicado en la edición impresa de La Nación del domingo 16 de setiembre de 2012