LOS MANIÁTICOS DEL CELULAR

Como ya lo dije en varias oportunidades, nunca se pueden comparar tiempos, porque las comparaciones son justamente odiosas y cada época tiene para ofrecer sus encantos. De ninguna manera echo pestes contra la actual tecnología, ni mucho menos. Al contrario ha facilitado mi vida y la de miles de millones en todo el planeta.

Ahora bien, para los de mi generación, que nos hemos criado sin toda esta parafernalia tecnológica que hoy existe, y que está al alcance de la mano de cualquier persona; las cosas eran mucho más sencillas que ahora. Nos arreglábamos muy bien solo con tener agua, electricidad, una línea fija y si se podía un televisor, pero esto ya no era tan imprescindible.


Por lo menos así nos enseñaron nuestros padres, sin estar tan pendientes de tanto cable, de tanta conexión, de los USB, scanner, CD, DVD, placa madre, memoria, chips, Bluetooth, ni de tanto chirimbolo infernal. Si por ahí, se cortaba la luz, no había ningún drama. En ese caso le poníamos unas pilas a la radio y listo el pollo, cocinada la gallina.

Al no existir tanta sofisticación tecnológica, si pasaba un apagón, no nos moríamos de angustia. Contábamos historias de terror, o jugábamos a las sombras chinas, o bien hablábamos mal de algún vecino o vecina. En realidad, al menos en este punto, me alegro de pertenecer a Jurassik Park.


Con el advenimiento de la nueva tecnología y su gran practicidad; el celular ha venido a revolucionar hasta el modo de comportarse que tenían las personas. Inclusive aportando su dosis de adicción por la comunicación. Este fenómeno se produjo, en el mismo momento en que su producción y su costo se masificaron. Este vicio no es muy diferente al que se siente al cigarrillo, a las drogas, al alcohol, a Internet, a las redes sociales, y a la televisión.

Existen unos claros síntomas que usted mismo puede detectar en cualquiera de sus amigos o parientes o en el peor de los casos, en su propia persona. A ver si reconoce alguno: 
·        No puede desprenderse del él.
·        No lo apaga nunca, ni cuando duerme.
·        Si no lo tiene se siente angustiando, tiene sudoración y palpitaciones.
·   Si no puede cargar la batería, se vuelve irritable, se enoja   fácilmente. Puede llegar a contestar de muy mal modo.
·        Mira a cada rato la pantalla, para ver si entró un mensaje.
·        Prefiere hablar por teléfono antes que dormir o estudiar.
·        Se sobresalta al escuchar sonar a otro celular.
Para algunos la adicción es tan fuerte que hasta es imposible hablar con ellos, porque, apenas se les ve la cara metida en su pantalla y respondiendo histéricamente a cualquier mensaje de texto. Me resulta muy desagradable, no solo verlos, si no intentar mantener un mínimo de conversación coherente con dicha persona. Por desgracia hay mucha gente así, y cada día veo más y más personas idiotizadas por este aparatito.

Muchos padres les compran celulares a sus hijos, para saber exactamente su paradero o bien cualquier emergencia que pudieran tener fuera del hogar. Sin embargo la mayoría de las llamadas son de amigos invitándoles para una farra. 

Otros, los menos, ven al celular como un enemigo, ya que te llaman a cualquier hora de la noche o la madrugada, el fin de semana, o feriado o cuando estas moviendo el vientre.


Las funciones que ofrecen los celulares hacen que estos se vuelvan imprescindibles, y los fabricantes, que no son estúpidos, saben que agregando más ítems, potencian la adicción. Cada chirimbolo añadido, actúa como un poderoso imán para aquel vicioso histérico y amante “fundamentalista” del celular. 

Esta adicción genera miles de millones de dólares, porque entre los mensajes de texto y las llamadas, tanto locales como internacionales, se origina una cantidad descomunal de dinero, comparable con el presupuesto anual de varias ciudades de nuestro país. 

No hay que olvidarse que las líneas y los aparatos se siguen vendiendo como pan caliente. Y la mayoría de nuestros compatriotas tienen dos o tres celulares, por si no se pueden comunicar por una determinada operadora telefónica, tiene a otras dos de reserva.


Según cifras extraoficiales, porque en nuestro país, todo siempre es así; se envían un promedio de 60 millones mensajes de texto, por día. Tengamos en cuenta que Paraguay está entre los primeros, en el mundo, por tener un celular por persona, lo que hace que cada una envié diez mensajes cada 24 horas.

Es verdad, los tiempos han cambiado, y mucho. Antes lo primero que hacia una adolescente al despertarse era: ir al baño, hacer pipí, ducharse y luego lavar su bombacha. 

Todo en ese orden. Sin embargo, hoy día, colocan al celular debajo de la almohada y al despertarse lo primero que hacen es revisarlo y si no están algo atrasadas, comienzan a chatear con la primera monga que se acuerden.


La manía compulsiva del celular o el celular dependiente ha terminado por romper la barrera de la comunicación entre la mayoría de los jóvenes. Su lenguaje se ha resumido en apenas unos saludos y algunas preguntas que se formulan por compromiso. El diálogo personal ya no existe, se reduce a los mensajes de texto, que por otra parte son mucho más baratos que las llamadas. La escritura abreviada ha terminado por conformar una sub-lengua con su propia grafía.

De este modo, la timidez, que es un estado emotivo característico de los jóvenes, encuentra aquí un refugio, en donde esta se potencia en vez de ser combatida. El escudarse detrás de un aparato les sirve a los tímidos como el bastón en donde apoyarse. 

Si rehúyen de la posibilidad de decirle a la otra persona, cara a cara, lo mismo que habla, celular mediante; entonces esa persona será un verdadero derrotado, por el resto de su vida, pero por su propia causa. Y eso el tímido, lo sabe muy bien.


La tecnología debe estar al servicio del ser humano, pero cuando esta lo domina o pasa a constituir el eje o centro de su vida, ahí es cuando comienza irremediablemente, el hombre genérico, a despersonalizarse y transformarse en todo un verdadero maniático del celular. 

HEMOS PERDIDO EL JUICIO

Ya lo he dicho en varias oportunidades, y no me canso de repetirlo, una y mil veces. Por desgracia, vivimos en una sociedad totalmente enferma y alienada, que corre como loca, en círculos, del mismo modo que lo hace el perro cuando quiere morderse la cola.
Se desgasta en inútiles esfuerzos para luego quedar en la nada. Mi único consuelo es que el fenómeno es global. Es decir, que además de soportar nuestras propias locuras, también las importamos.

Sin embargo no deberíamos padecer semejante calamidad, ya que siendo tan poca la cantidad de habitantes que viven en nuestro territorio, comparando con los vecinos, no tendría que ser tan complicado sacarnos la alienación reinante. 


Sin embargo esto de ninguna manera es tan simple así. He notado que el paraguayo, en líneas generales, no se preocupa mucho por su salud física y recurre únicamente al médico cuando ya está en las últimas.

Si para hacerse un pequeño control sanitario es un verdadero drama; y me pregunto sin ninguna pizca de maldad, ¿Quien en este bendito país se encarga de velar por la salud mental de los ciudadanos? Aparentemente nadie. 

El paraguayo es muy prejuicioso en este sentido y pedirle que concurra a consultar a un psicólogo es casi un insulto, corriendo el riesgo de ser muy mal mirado y eliminado de inmediato de la lista de amigos.

No existe una conciencia a nivel nacional que nos indique que conservar la salud mental es tan importante como hacerlo con la salud del organismo. Jamás ninguno de los gobiernos posteriores al golpe de 1989, tuvo ni la previsión ni la disposición de invertir en centros de ayuda psicológica. 

Propiciar campañas masivas en escuelas, colegios, universidades, centros religiosos, clubes deportivos o donde fuera que se congregue la mayor cantidad de gente para  difundir los conceptos básicos de la profilaxis mental.

Sacar de la ignorancia a nuestro pueblo en este aspecto y dar por terminado con el estúpido tabú que consultar a un psicólogo es un claro síntoma de insania. Debe ser por eso que los psiquiatras y psicólogos en este bendito país, se mueren de angustia y aburrimiento en sus consultorios.

Ninguna madre quiere que sus hijos sigan esas carreras porque saben que en Paraguay no van a poder sobrevivir con esa profesión, a menos que emigren al exterior. Mientras tanto el único centro asistencial que funciona, y es una manera de decir, en todo el país, está en Asunción.

Allí se encuentra la mayor aglomeración de gente con trastornos mentales que jamás haya visto. En ese lugar son depositados seres humanos de todos los puntos de nuestra geografía y tratados como si no lo fueran. 

En la época que lo visité, acompañando a un amigo, los internos vagaban casi desnudos por los corredores y dormían en el suelo y no siempre sobre un colchón.

Comían lo que sus familiares les traían y los abandonados a su suerte, podían subsistir gracias  a la buena predisposición de los vecinos. Una cosa es verlo y otra muy distinto contarlo. Por primera vez en mi vida, sentí que me encontraba a las puertas del verdadero infierno. El edificio daba lástima y vergüenza al mismo tiempo. 

Con  sanitarios en un estado lamentable y un olor hediondo. Comentar  sobre su cocina ya es redundancia. Desde ya que se sobreentiende  que cuando llovía, había más agua adentro que afuera. Faltaban los elementos más indispensables y necesarios solo para una atención modesta.

Carecía de personal competente y capacitado, ambulancia y fundamentalmente un lugar adecuado y funcional para una correcta atención a pacientes tanto externos como para los internados. Un  edificio reciclado, con más de cincuenta años sobre sus cimientos, nunca fue lo más indicado para ellos.

Pero con un presupuesto anual más que miserable, no se puede mantener ningún tipo de estructura y mucho menos pensar en prevenir que otras personas como usted o como yo nos transformemos en muertos en vida. Sin derecho a nada, condenados  a recibir continuos maltratos, insultos y la indiferencia total de parte de parientes y extraños.

Volverse loco en una sociedad tan alienada como la nuestra no es nada raro ni difícil y con todas las presiones que se deben soportar en el día a día, nadie se encuentra a salvo de nada. Es probable que ya estemos todos un poco paranoicos, esquizofrénicos o ligeramente chiflados y sin ir más lejos basta con leer cualquier matutino para darnos cuenta que todos tenemos algo de insanos y diga si no ha leído alguna vez noticias locas como estas:

·        Un policía mata a tiros a su concubina por celos.
·        Un teniente del ejército se pelea para evitar el Alcotest.   
·        Campesinos quieren tener techo propio, pero regalado.
·        En ningún accidente, el responsable dice: “yo soy el culpable”.
·        Niño de 6 años acusado de abuso por besar en la mejilla a su compañera.
·        Adolescente cambia de colegio por denunciar a un compañero distribuidor de drogas.
·        Un preadolescente lleva pistola 9 mm a la escuela para demostrar  cuan macho es. 
·        Maestra despedida por reprender a un alumno indisciplinado.
·        Padres atacan a maestros por disciplinar a sus ingobernables hijos.
·        Uno ya no puede defenderse de un ladrón en su propia casa.
·        Pero el ladrón si puede demandarnos por agresión.
·       Si un policía mata a un ladrón armado, puede ser preso por exceso de defensa o  “gatillo fácil”
Puede ser que no andemos silbando por la calle “Balada para un loco” de Astor Piazzola ni que leamos cien veces “El elogio de la locura” de Erasmo, pero que hemos perdido el juicio, eso no me lo saca nadie de la cabeza y si no pregúntenle cuando quieran, a mi loquero de confianza.