Tendría 6 ó 7 años, a lo sumo, y de eso me acuerdo como si fuera hoy, cuando los Ponce, tres hermanos mucho más grandes que yo, no dejaban de molestarme ni un solo momento. Especialmente Carlos, el menor de ellos, que era, según lo evoco, el más malo.
Recuerdo también que físicamente era menudo y el más bajito de la clase. Muy rubio y con unos lentes de marco negro sumamente pesado y grande para mi cara. Me perseguía y hacía bromas estúpidas sobre mí, avergonzándome delante de mis compañeros. En los recreos venía directo hacia donde me encontraba y me empujaba contra las paredes, sin motivo alguno. Para los Ponce, no era la provocación un justificativo demasiado importante. Bastara con que no le cayeras en gracia, para declararte la guerra total.