CON LA CABEZA EN EL INODORO

Esos gritos desgarradores de estos jovencitos que no tienen un modelo o una guía a seguir; piden ayuda y lo manifiestan portando armas sustraídas a sus padres o bien compradas en la esquina de sus casas. Muchas veces las lucen alardeando de “machos” en sus mismos colegios, (de vez en cuando ocurre una desgraciada tragedia) o en los habituales lugares de reunión.

 

En cuanto a las niñas, definitivamente han perdido la elegancia y el encanto que las caracterizaba especialmente para este tipo de encuentro. Lo han sustituido por un grosero y provocativo erotismo. Salen bastante “tapaditas” de sus casas, pero en la discoteca, ponen toda la carne en exhibición, a la espera que la oferta sea bien aprovechada.

 

Sus padres los han dejado demasiado tiempo, en manos de una empleada doméstica, mientras aquellos intentaban darle una vida mucho más cómoda que las que ellos tuvieron a su misma edad. Cuando ocasionalmente se encuentran no se hablan porque nunca existió el dialogo. Son desconocidos viviendo en la misma casa. El padre nunca supo cumplir su rol y el hijo creció como pudo.

 

Ya no son más niños de pecho, ya se han convertido en casi adultos y todavía no saben qué hacer de sus vidas. Este es el resultado de años de querer comprar el cariño. Nunca una palabra amable, jamás se le demostró interés en lo que ellos hacían y lo que les gustaría hacer en un futuro. Se cambió solamente dinero por consejos;  auto por compartir un partido de fútbol; un viaje a Estados Unidos por estar juntos durante el asado de los domingos. Tantas cosas se perdieron, hasta sus propias vidas.

 

Quisieron hacerles un bien y les causaron el peor de los males. Pensaron que dándoles dinero compraban su amor y se equivocaron. El amor no se compra en la despensa de la esquina. El amor se lo gana. Aún el de padre. No basta con concebirlo. Es justamente ahí donde comienza todo y aunque parezca mentira, la responsabilidad no se acaba nunca.
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