Livieres vs Cuquejo


Enrique Vargas Peña (foto de hoy.com.py)

Una sórdida disputa entre obispos de la Iglesia Católica ocupó, la semana que pasó, la atención de la opinión pública paraguaya: El obispo de Alto Paraná y Canindeyú, Rogelio Livieres, reveló que el arzobispo de Asunción, Pastor Cuquejo, fue investigado por el Vaticano por su supuesta homosexualidad, como respuesta al pedido de Cuquejo a que se investigue a un sacerdote acusado de abuso de menores que recaló en la diócesis de Livieres. 

Aunque, según me explicó en la 9.70 AM el presidente de la Conferencia Episcopal, Claudio Giménez, obispo de Caacupé, el caso ya está en manos del Vaticano, lo expuesto en la disputa pone en evidencia algo que cualquier persona mínimamente sensata ya sabía pero que los creyentes se resisten a ver: Los “pastores”, que es como pretenden ser reconocidos los ministros religiosos, son personas normales, comunes y corrientes que carecen de cualquier atributo que las distinga de sus “ovejas”, que es como acostumbran a despreciar a los fieles. 

La historia del cristianismo es un muestrario monumental acerca de esta falta de atributos especiales de los ministros, desde la querella en la que san Pedro fue derrotado por san Pablo acerca de hacer o no proselitismo fuera del judaísmo (en el así llamado Concilio de Jerusalén), hasta los escándalos de prostitución o asuntos sexuales que últimamente destruyeron las reputaciones de varios evangelistas norteamericanos (Jimmy Swaggart, Jim Baker, Parker Benna, Ted Haggart, por citar los más famosos). 

Los “pastores” cristianos han buscado desde siempre la manera de impedir que su falta de atributos capaces de diferenciarlos de sus “ovejas” derive en un cuestionamiento de su autoridad para imponer castigos y condenas a los fieles que, como puede ver cualquiera que estudie un aunque sea un poco la cuestión, no son distintos a ellos, en nada. 

Los “pastores” cristianos, en efecto, se erigen a sí mismos en maestros de moral y buenas costumbres y su autoridad se centra, principalmente, en el poder que reclaman para “atar en el Cielo lo que atan en la Tierra” y condenar, castigar y hacer sentir culpables a todos aquellos que no se someten a sus instrucciones. 

Es decir, los “pastores” dicen que lo que ellos condenan, Dios lo condena; lo que ellos castigan, Dios lo castiga; y la culpa de desobedecerlos es la misma de desobedecer a Dios. 

Y para sostener esa autoridad a pesar de dos mil años de evidencias, predican que cuando ellos fallan son personas normales, pero que cuando castigan y condenan, el Espíritu Santo (una de las tres personas de Dios mismo) es el que actúa. 

Nunca, en estos dos mil años de cristianismo, pudieron contestar por qué Dios puede intervenir cuando castigan y condenan pero se abstiene de hacerlo cuando fallan. Cuando un “ministro” condena a algún fiel por algún pecado, Dios actúa a través de él. Cuando el “ministro” peca, Dios dejó de actuar a través de él.
Según el cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente, omnipresente y si puede intervenir para que los “pastores” castiguen y condenen a las “ovejas” desobedientes, es evidente, es obvio, es lógico, que podría intervenir para que los mensajeros de Su justicia sean personas mínimamente consecuentes con lo que predican. Pero no lo hace. 

Es muy raro. Dios, que según el cristianismo interviene en algunos seres humanos para hacerles santos y para obrar sus milagros a través de ellos, se abstiene de intervenir para preservar la buena conducta de sus “ministros”. Haciendo santos, prefiere a “ministros” no santos, cuestionables, inconsecuentes con lo que predican. Es muy raro. 

El cristianismo siempre se opuso a que sus fieles se hagan una pregunta muy simple con respecto a esta cuestión, una pregunta que surge lógicamente de esta cuestión: ¿Será cierto que Dios, omnipotente, omnisciente, omnipresente, que muestra su misericordia haciendo santos pero no garantiza la coherencia de sus “pastores”, actúa en realidad a través de esos “pastores” cuando estos condenan y castigan a sus “ovejas” y las llenan del miedo al fuego eterno del Infierno? 

El cristianismo nunca pudo explicar por qué Dios prefiere condenar y castigar a sus fieles a través de personas incoherentes en lugar de hacerlo a través de santos, que viven en coherencia con lo que predican. 

La disputa entre los obispos Livieres y Cuquejo muestra que los “pastores” cristianos no son coherentes con lo que predican y que cuando condenan o castigan lo hacen muchas veces desde la hipocresía más pura y más dura y siempre como un mero ejercicio de autoridad que es independiente de la coherencia de sus propias vidas. 

Cuando la autoridad se ejerce con independencia a la coherencia de la vida de quien la ejerce, cabe siempre la duda sobre si la ejerce con ecuanimidad, sobre si la ejerce con sentido de justicia, sobre si la ejerce sin que su arbitrio se imponga indebidamente. 

Artículo publicado en la edición del domingo 08 de junio de 2014 de La Nación (). 

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