Enrique Vargas Peña (foto de nuevoherald.com)
Apenas conocidos, el viernes 12 de julio, los resultados de la reunión de los presidentes de MERCOSUR en Montevideo, el presidente-electo Horacio Cartes emitió un comunicado () () () () () en el que dejó en claro que con dichos resultados Paraguay no vuelve al bloque.
Apoyo, aplaudo y aliento la decisión del presidente-electo y de la administración entrante porque implica su adecuada comprensión de lo que significa aceptar el imperio de la razón política, impuesto ahora ya más allá de toda duda razonable por Brasil y sus aliados en MERCOSUR, para la capacidad paraguaya de defender con eficacia nuestros intereses económicos, comerciales y sociales en la región.
Desde el viernes, MERCOSUR está siendo presidido por Venezuela en flagrante violación a los tratados que le dieron existencia y funcionalidad con un único sustento: La fuerza bruta de Brasil para imponer su voluntad desconociendo lo que dicen esos tratados.
Brasil actuó así siempre, su conducta no es nueva. Actuó así al devaluar su moneda en 1999, el establecer sus zonas francas, al limitar las compras de ciudadanos brasileños en Paraguay, etc. Lo único distinto que ocurre ahora es que Brasil ha usado su patrón de conducta habitual para violar no ya la letra chica de los tratados como siempre, sino la grande, los protocolos de Ouro Preto y Ushuaia y el propio Tratado de Asunción.
Tal vez fuimos ingenuos al pensar que podía ser de otra manera. Si un país hace de la violación de los acuerdos su regla de conducta, nadie debería sorprenderse de que termine creyendo que puede violar tratados impunemente ni de que los viole efectivamente.
Es la gran lección que la tragedia de la II Guerra Mundial enseñó y que los paraguayos no habíamos aprendido porque no la estudiamos: Se dejó a Hitler violar los acuerdos, pensando que eso no era importante, y cuando se dieron cuenta, estaba violando tratados y ya no pudo ser contenido.
Ahora, al fin, parece que es diferente; ahora sí estamos capitalizando la lección y estamos frenando el impacto de la fuerza bruta de Brasil sobre nosotros.
Brasil siempre será nuestro gran vecino del Este y, como consecuencia de su enorme economía, siempre tendrá influencia superlativa en nuestra región y nosotros haríamos muy mal en no comprender que nuestra administración de una situación tan desequilibrada merece una atención muy cuidadosa, muy profesional y muy, pero muy, patriótica.
Estoy proponiendo desde hace tiempo que nuestra relación con Brasil se construya sobre el modelo de la relación que Canadá tiene con Estados Unidos: Complementación económica, liberalización del comercio bilateral, pero manteniendo la autonomía política plena, lo cual ya no puede hacerse en MERCOSUR.
Podemos y debemos colaborar con Brasil en política energética, en complementación de infraestructuras, en integrar cadenas productivas. No podemos ni debemos ceder control alguno en política arancelaria, aduanera y comercial ni en la definición de nuestra política exterior, que debe orientarse radicalmente a contrapesar aspiraciones hegemónicas regionales.
Podemos y debemos tener con Brasil las mejores relaciones posibles, pero sin atadura institucional alguna, como la que impone MERCOSUR. Las decisiones sobre nuestro Paraguay deben tomarse en Asunción y en ninguna otra parte y las debe tomar el pueblo paraguayo, o sus representantes legítimos mediante actos legítimos, y nadie más.
MERCOSUR ha sido un error grave del gobierno de Andrés Rodríguez, un error gigantesco cuyas consecuencias fueron claramente advertidas en su momento por muchos políticos lúcidos de nuestro país, entre los que merece especial mención el vicepresidente Luis María Argaña.
MERCOSUR no fue beneficioso para nuestro país, aunque hubo paraguayos que se beneficiaron con MERCOSUR. Es hora de volver a la normalidad y de volver a pensar en un Paraguay abierto y conectado con el mundo entero.
Artículo publicado en la edición del domingo 14 de julio de 2013 de La Nación ()