Morsi y la Guerra de los 30 Años

Enrique Vargas Peña (www.csmonitor.com) 

 Las ideas según las cuales toda persona tiene el derecho a ser protegida en su libertad y en su seguridad; que nadie puede ser molestado, indagado u obligado a declarar por causa de sus creencias o de su ideología y que toda persona tiene el derecho a la libre expresión de su personalidad, a la creatividad y a la formación de su propia identidad e imagen son el resultado de un violento y doloroso proceso histórico en Occidente.

El 24 de noviembre del año 380 después de Cristo, el emperador católico romano Teodosio promulgó el Edicto de Tesalónica, en el que declaraba que “Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos…Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial”.

En 1617, casi mil trescientos años después, el archiduque Ferdinando II de Austria se convirtió en emperador romano-germánico (en un cierto modo, continuador formal y legal de la línea sucesoria de Teodosio); era un beato educado por los jesuitas que pretendía, como Teodosio, que todos los habitantes sometidos a su poder fueran católicos, iniciando para el efecto una cruel persecución contra los cristianos protestantes en sus dominios.

Este esfuerzo por “evangelizar” sus dominios, provocó uno de los mayores conflictos de la historia de Europa, en la que intervinieron todas las grandes potencias de la época, la “Guerra de los Treinta Años”, una verdadera guerra mundial, que terminó en 1648 con la célebre Paz de Westfalia, que dio reconocimiento general a las estipulaciones del Tratado de Munster que establecía la independencia de Holanda y, por vez primera desde el año 380, el derecho de cada persona a practicar su propia religión, independientemente de la del Estado.

Esto no significó, de buenas a primeras, que los cristianos dejaran de matar por no tolerar a nadie que no piense como ellos, pero sentó las ideas que ahora son norma en Occidente y que están enunciadas en el primer párrafo de este artículo.

Tuvieron que correr ríos de sangre para que con mucha dificultad y a regañadientes algunos cristianos se dieran cuenta de que matar a los que piensan distinto tenía un costo demasiado doloroso.

La intolerancia de Teodosio a Ferdinando II no es monopolio de los cristianos, es común a todas las religiones por una simple cuestión lógica: Si mi dios es el único y verdadero dios, cualquier otra forma de concebir el universo es errada y falsa y si mi dios único y verdadero es el único que otorga realmente la salvación, no puede haber salvación real por otros caminos y es un deber de “misericordia” evitar que haya alguien que tome el camino errado.

Esto lo expresó mejor que nadie Santo Tomás de Aquino, quien en la Cuestión 11 de la Parte II-IIae de su Summa Teológica prescribe que hay que matar a quienes no se allanan a las enseñanzas de la Iglesia.

El derrocamiento del presidente egipcio Mohamed Morsi, un creyente militante, nos está mostrando hoy, ahora, que los religiosos siguen concibiendo el mundo en los mismos términos enunciados por Santo Tomás.

Morsi fue el primer presidente egipcio elegido por el pueblo, pero su partido, religioso, los Hermanos Musulmanes, no vio las elecciones como un mecanismo democrático de periódico recambio en el poder, sino a lo Hitler y Chávez como una conquista del poder, un asalto al poder por otros medios, para hacer desde el poder lo que hicieron los emperadores Teodosio y Ferdinando II: Imponer sus creencias usando la fuerza coercitiva del Estado.

En las democracias, el poder no está para imponer creencias sino, meramente, para administrar el dinero de los contribuyentes en estricto acuerdo con lo que los contribuyentes quieren en el marco de las ideas señaladas al principio de este artículo, pues sin ellas no cabe esperar paz, ni justicia, ni libertad.

 

Artículo publicado en la edición del domingo 7 de julio de La Nación ()