DETRÁS DEL HUMO, HAY UN ASESINO

Durante muchos años fui aconsejado a dejar de fumar, por la gente de mi entorno, por ser este un vicio dañino, silencioso, traicionero y pestilente de todos cuanto existen. Sin embargo, en vez de recapacitar sobre ello, me ponía furioso y montaba en cólera, contestando de un modo tan grosero, del cual hoy en día me arrepiento sinceramente de todo corazón. 

Cuando digo que es un vicio silencioso y traicionero, me refiero a que esta adicción hace un trabajo muy lento de destrucción de nuestro organismo. Y silencioso porque deben pasar algunos años para que se sientan sus terribles y devastadores efectos. 
Los primeros síntomas que atacan a la ocasional víctima será la famosa “tos de perro”, luego vendría una casi crónica afonía, para luego desembocar en un catarro permanente y una clara disminución de la capacidad torácica.
Con el correr del tiempo, todos estos síntomas se agravaran y es ahí que entran en escena el irremplazable aerosol bronco dilatador, los vahos con hojas de menta y eucaliptus remojados en agua bien caliente y alguna gruesa manta que pueda cubrirte totalmente.
O bien el clásico nebulizador con su infaltable mascarilla y la tortura de escuchar el molesto motorcito por espacio de 20 minutos. 
Fueron incontables las veces que abandoné el vicio, pero por una u otra razón, volví nuevamente a reincidir con el agravante que con cada retorno, fumaba una mayor cantidad de cigarrillos. 
No puedo olvidarme de todas las felicitaciones recibidas en cada uno de los abandonos como imposible reconocer todas aquellas caras de disgusto ante la reincidencia. 
Según mi vasta experiencia en el tema, existen varios factores que ayudan a dejar el vicio definitivamente. Uno de ellos sería buscar dentro de uno mismo, el equilibrio emocional e ir separando a las dañinas de las positivas. 
Un ejemplo de esto es la ansiedad que todos llevamos a cuesta y a la cual debemos refrenar con todas nuestras fuerzas, ya que si esta se desboca nos conducirá irremediablemente hacia la angustia. 
Otro punto fundamental a vencer es la toma de conciencia que este vicio te convierte en un dependiente y hasta que no te sientas tu mismo concientizado, que eso es perjudicial para tu organismo, te podrán contar una y mil historias de todo lo malo que ello es, pero te entrará por una oreja y te saldrá por la otra, como me pasó a mí, por espacio de 45 años. 
Pero se necesita una gran fuerza de voluntad interior para abandonarlo de golpe y sin previo aviso. De un día para otro. Muchos buscan ir reduciendo la cantidad de cigarrillos hasta llegar a cero, pero este método no resulta efectivo, porque mientras se siga fumando, el cordón umbilical no se cortará definitivamente y lo único que lograremos es engañarnos a nosotros mismos, ya que el último cigarrillo tardará mucho más tiempo en llegar. 
Comencé a fumar a la edad de 13 años, como la mayoría de los muchachos de mi generación. El motivo principal fue esconder mi espantosa timidez detrás del humo del cigarrillo y con esto intentar parecer algo mayor y tener alguna oportunidad con alguna jovencita que sucumbiera a mis encantos. 
Considero que los 13 años, para el varón, es la peor edad, ya que las niñas de su mismo tiempo cronológico, solo miran a los de 16 o 17. Con lo que dejan elegir a las nenas de 11, que mal pretenden ser pequeñas mujercitas pero sin el cerebro ni el físico de estas. 
A partir de allí, el cigarrillo me acompañó en las buenas y en las malas, siendo este un mudo testigo de todos los hechos más relevantes de mi vida. 
Estoy consciente que ha modificado casi todos mis hábitos de vida, a los que tuve que combatir desde el mismo momento en que lo abandoné. Lo primero en modificar fue que hacer con mis manos, ya que la mayoría del tiempo estaban ocupadas sosteniendo a peor enemigo. 
Con el correr del tiempo pude observar, no sin asombrarme por ello, también muchos cambios en mi físico. Mi piel se volvió mucho más seca y mi aspecto exterior, me dio la apariencia de una persona de 75 a 80 años, a pesar que nací en 1950.
Mis dedos, mi uñas y mi bigote característico se tornaron invariablemente de un color amarillento, propio de la nicotina. Aunque yo no lo percibía, toda mi ropa estaba impregnada con el pestilente olor a tabaco. 
Y aunque la dejara toda la noche a la intemperie, lo mismo siempre algo se podía oler. Especialmente la persona que no fuma, es la que más se queja, ya que se siente molesta e incómoda al detectar el olor a muchos metros de distancia. 
Y lo descubre mucho mejor que perro de caza. El mal aliento es mucho más difícil de esconder de los no fumadores, aún con varas pastillas de menta, como pantalla. 
Pero todos mis problemas físicos y mentales producto de mi sumisa dependencia al tabaco eran nada comparado con el grave problema pulmonar que me causaría. Si bien estos comenzaron a funcionar de un modo errático, se volvieron muy sensibles a cualquier cambio climático, puntualmente con la transición de verano a otoño y de invierno a primavera. 
Cada vez me cuesta mucho más movilizarme de un sitio a otro, cosa que me enfurece y me frustra al mismo tiempo. En los últimos tiempos me convertí en un total dependiente del bendito aerosol, y sin este no podría acometer contra las distintas subidas y bajadas de Ciudad del Este. Ya hace varios años que abandoné este maldito vicio, sin embargo, las consecuencias de mi estúpido capricho aún continúan persiguiéndome. 
Los daños causados a mi organismo ya son irreversibles, aún así, no pierdo las esperanzas de mejorar mi calidad de vida. 
Me gustaría que mi testimonio hecho aquí, sea tomado como un claro alegato que desaliente a las nuevas generaciones de fumadores. 
Ponerle paños fríos a su clásica rebeldía juvenil y convencimiento que sus cuerpos son eternos y que los años nunca pasaran para ellos. 
Estoy totalmente seguro que ellos pensarán que estoy exagerando pero tengo la firme convicción qué si propago este mensaje, pueda desalentar su consumo y que no cometan, el mismo error de encerrarse en su propia estupidez y terminen desoyendo un buen consejo que les salve la vida.

El camino al Infierno

Enrique Vargas Peña (foto de musulmanesdecostarica.blogspot.com) 

Un grupo de ciudadanos “bien intencionados” ha estado impulsando, tanto durante la administración de Federico Franco como en la actual de Horacio Cartes, el establecimiento de un marco legal de responsabilidad fiscal mediante un proyecto de ley. Olvidan que las buenas intenciones son el pavimento del camino al Infierno, según el sabio refrán popular.

El concepto de responsabilidad fiscal, no gastar lo que no se tiene y gastar solamente en lo que se requiere, es compartido por todos los actores serios de la vida nacional, excepto demasiados referentes de los partidos políticos que en los últimos veinte ejercicios fiscales (1993/2013) inventaron ingresos inexistentes en los presupuestos generales para permitir la contratación en el Estado de más de cien mil operadores electorales.

Pero para impedir a estos referentes de los partidos políticos que sigan inventando ingresos, que sigan gastando lo que no se tiene y en lo que no se requiere, aquel grupo de ciudadanos “bien intencionados” propuso, en su proyecto de ley de responsabilidad fiscal, violar nuestra Constitución restringiendo la facultad presupuestaria que ella otorga al Congreso en sus Artículos 202 (incisos 4 y 5) y 216 y delegar esas facultades en el Poder Ejecutivo a pesar de que el Artículo 3 de nuestra Carta Magna prohíbe expresamente que un poder del Estado delegue en otros sus funciones privativas o lo habilite a ejercerlas en su nombre.

El Artículo 202 inciso 4 de nuestra Constitución establece que al Congreso, y solamente al Congreso, corresponde “legislar sobre materia tributaria”. Esta disposición es la base del sistema democrático de gobierno y surge, en la historia, de la victoria que los contribuyentes ingleses obtuvieron sobre el rey (Poder Ejecutivo) Juan Sin Tierra el 15/19 de junio de 1215 al obligarle a firmar la “Magna Charta” que en sus “cláusulas” 12 y 14 establecía que no habría contribución sin representación.

Estas disposiciones de la “Magna Charta”, condenadas expresamente por el papa Inocencio III en su Bula del 24 de agosto de 1215, fueron confirmadas en la “Ley de Derechos” (Bill of Rights) de Inglaterra el 16 de diciembre de 1689 y establecidas como parte de la Constitución de Estados Unidos en la sección 8 de su Artículo 1.

El principio democrático es simple: Es el pueblo el que da el dinero que debe administrar el Poder Ejecutivo; es el dinero del pueblo el que administra el Poder Ejecutivo; luego, es la representación del pueblo, y nadie más, quien puede legítimamente decidir cuánto dinero se dará al Poder Ejecutivo para administrarlo.

La mera idea de que el Poder Ejecutivo sea el que decida cuánto dinero se sacará al pueblo implica volver a los despóticos tiempos anteriores a 1215. Y volver a tiempos anteriores a 1215 es la principal reivindicación que, desde el punto de vista histórico y filosófico, hace el fascismo.

No es casualidad ni accidente que el golpe fascista de José Félix Estigarribia en nuestro país, el 18 de febrero de 1940 y su consecuente carta política del 10 de julio de 1940 impusiera, como principal elemento, la restricción del poder de la representación del pueblo a decidir cuánto dinero se daría al Poder Ejecutivo y a asignar la manera en que ese dinero se gastaría.

El proyecto de responsabilidad fiscal ideado por las personas “bien intencionadas” mencionadas al principio, somete al Congreso que es la representación del pueblo, en sus artículos cuarto y décimo tercero a la vigilancia y fiscalización del ministerio de Hacienda, que no es más que una mera ayudantía del presidente de la República. Esto solo constituye ya una delegación de poder de las expresamente prohibidas por el Artículo 3 de nuestra Constitución.

Estos dos artículos del proyecto son, de hecho, “habilitantes” de plenos poderes para el Ejecutivo. Son absolutamente inconstitucionales. Son el camino al Infierno.

El artículo octavo del proyecto, que es el más importante, el principal, pues habla de la estimación de ingresos, restringe de facto la facultad del Congreso de fiscalizar los recursos, aunque en todo régimen democrático es el pueblo el que vigila los ingresos del Poder Ejecutivo y es en el fascismo donde el Poder Ejecutivo impone al pueblo lo que necesita.

La responsabilidad fiscal que los demócratas exigimos a los mencionados referentes de los partidos políticos que inventan ingresos, que gastan lo que no se tiene y en lo que no se requiere, no se puede lograr violando nuestra Constitución sino asegurando que si quieren más ingresos que los posibles con el actual nivel de contribución, deben necesariamente aumentar los impuestos.

 

Artículo publicado en la edición del domingo 8 de setiembre de 2013 de La Nación ().

Artículos referidos al mismo tema en otros medios:

Juan Carlos Mendonca en ABC ()

Ultima Hora sobre ingresos “inventados” por el Congreso ()

 

EL INFIERNO TAMBIÉN PUEDE SER LEGALIZADO

La OMS define a la palabra “droga” como “toda sustancia introducida en el organismo por cualquier vía de administración que produzca una alteración, de algún modo, del funcionamiento normal del sistema nervioso central del individuo y es, además, susceptible de crear dependencia, tanto física como psicológica, o ambas”. 


Eso significa que toda droga por más inofensiva que parezca, sin una supervisión médica puede resultar bastante peligrosa para la salud de cualquier ser humano. Lo más resaltante que se puede ver en aquella definición es que figura la palabra “dependencia” y es esta la clave de todo el asunto. 
También el tabaco y el alcohol son drogas que crean una marcada dependencia y su uso continuo trae pésimas consecuencias para la salud. De una manera u otra yo también fui un esclavo incondicional de una de ellas. Por espacio de 45 años el tabaco fue mi fiel compañero durante casi las 24 horas. 
Hoy en día, mi pulmón derecho funciona cuando quiere, por lo que me mantiene en una vida de semi invalidez. No puedo culpar a nadie de esto, como ninguno de los millones de personas en todo el mundo que han sido mutilados por este vicio infame.

Lo mismo sucede con el alcohol. Una dependencia muy difícil de vencer, que arrastra a un cortejo de enfermos convertidos en piltrafas humanas. 

La misma OMS reconoce que tanto el tabaquismo como el alcoholismo son dos adicciones perversas que destruyen el organismo y sin embargo su consumo es alentado a través de los medios masivos de comunicación. 
Los miles de millones de dólares invertidos en grandes campañas de publicidad a favor jamás son contrarrestados por las contra-campañas que previenen su exceso.

A pesar que todos saben que el uso y el abuso de ambos vicios ocasionan, con el tiempo, la irremediable muerte, aún así se consume cada día más. Podría decirse que es un suicidio anunciado. 

Pero es tanto el dinero que ambas industrias movilizan que hasta compran la conciencia del Estado, él mismo que debería proteger la salud de los ciudadanos, pero que, por una conveniencia económica, se olvida de ellos. 
Los impuestos cobrados a dichas industrias, se los abonan antes de la fabricación del producto, y representan un porcentaje bastante elevado sobre el total de lo percibido por el Estado anualmente.

Sin embargo, la asistencia que el mismo Estado les proporciona a los enfermos de estas dos drogas, es realmente ínfimo. Es más, hasta parece desentenderse totalmente del problema. 

Actualmente, son varios los países que están interesados en modificar su legislación con el fin de permitir la despenalización de la marihuana, que es muy distinto a la “legalización”, pues ahí se corre el riesgo que el consumo de esta droga se incremente hasta niveles superiores a los actuales. En el caso de México, ya es legal poseer hasta cinco gramos de marihuana, solo para el consumo personal.

Como en todo tema controvertido, existen dos posturas totalmente opuestas que generan furiosas polémicas. Los que están a favor y los que están en su contra. Para ser justo, en este caso, les daré ambas propuestas y ustedes mismos podrán sacar sus propias conclusiones. 

Pero antes deseo que tengan en cuenta lo siguiente: consumir en exceso produce alucinaciones, pérdida de la memoria, entorpece los reflejos haciéndolos más lentos.

Dificulta la concentración, trae somnolencia, causa ansiedad y lleva a la paranoia, sienten un delirio persecutorio y en etapas más avanzadas, pérdida de la noción del tiempo.

El uso de sustancias como la marihuana, constituye un peligroso fenómeno social, ya que no solo afecta individualmente por el grave problema de salud, si no que se lo vincula a todo el núcleo familiar. 

Consumir marihuana por largo tiempo, causa una profunda depresión en algunas personas, que hasta pierden todo el interés en el estudio, el trabajo, las relaciones sociales y todo tipo de actividades, llegando incluso a marginarse ellos mismos. 
Ahora bien, como antes dije, primero les diré todo lo negativo que encuentro en esta cuestión, citando desordenadamente varios puntos importantes, tales como que las mafias se debilitarían, pero de ningún modo van a desaparecer, ya que sus muy bajos ingresos los llevarían a buscar nuevas opciones más rentables.

Mientras gobierne la corrupción, la aplicación de la ley y la debilidad estatal, seguirá existiendo el crimen organizado por un largo tiempo. La despenalización de la marihuana trae el grave problema de atender a los adictos que es más difícil de afrontar que estos no tengan el fácil acceso a las drogas.

Entre lo positivo se podría decir que reduce las ganancias de las mafias y grupos terroristas, ya que estas participan en la producción, tráfico y venta de las drogas ilícitas; y si el negocio pierde parte de su estatus de ilegalidad, dejará de ser lucrativo. Si se puede llevar un registro de todos los adictos, el Estado bien podría controlar la calidad del producto, y vigilar la atención y cura del adicto.
Existe la posibilidad que el negocio tribute como cualquier otro comercio. El Estado recolectaría más impuestos sobre la producción y venta de la droga. Otro enfoque sobre el consumo de marihuana mediante la despenalización tiene que ver con una decisión individual encuadrada dentro de la libertad innata de las personas.

Antes de terminar este comentario, no puedo dejar pasar una última consideración para con la despenalización de la marihuana. La adicción a dicha droga es grave pero mucho más si se tiene en cuenta que ella es solo el punto de partida hacia drogas más duras como la cocaína, el opio o la heroína. 

Resulta que todo adicto, al comenzar no tiene grandes problemas, ya que con pocos gramos satisface su necesidad, pero con el tiempo necesitará dosis más seguidas para poder fomentar su evasión total de la realidad. 
Así hasta que finalmente la marihuana no lo satisfaga más y migre a otra droga mucho más potente. Es así que por el camino se producen las famosas muertes por sobredosis.
No se justifica despenalizar el consumo de marihuana desde el punto de vista médico. Tampoco se nota que haya una gran disminución de su consumo ni un triunfo en la lucha contra el narcotráfico. Pueden que se vacíen las cárceles pero por otro lado se llenaran los hospitales. Sin embargo es necesario debatirlo como un ejercicio necesario dentro de la democracia.