LA TECNOLOGÍA NO TE VUELVE IDIOTA

Muchas cosas suceden a nuestro alrededor y no siempre nos damos cuenta de ello. Nuestras preocupaciones cotidianas, por lo general nos tiene la cabeza sumergida en un sinfín de problemas domésticos, que si bien no nos asfixian, son realmente incómodos y molestos. 

Por lo tanto, resulta lógico que no veamos lo obvio, por culpa de la infaltable venda que produce el estrés. 

Aprovechando uno de estos últimos fines de semana, fui con una de mis alumnas y su esposo, a la vecina ciudad de Foz de Iguazú, para dar una vuelta y probar una pizza, en uno de los tantos shoppings de allí. 
Y puedo afirmar con total seguridad que durante las tres horas y media en que estuvimos disfrutando esa estupenda noche, no vimos a nadie con un aparato celular en sus manos. 
Eso fue lo que despertó mi total curiosidad. Me había acostumbrado en CDE, a ver a varones y mujeres prendidos a sus teléfonos como huérfanos a la teta. Caminando por las calles como “zombies”, totalmente hipnotizados por las pantallas de sus celulares y abstraídos por completo del enorme mundo que los rodea. 
Como si la tecnología en vez de evolucionarlos, los hubiera empujado a un pozo muy obscuro del cual no pueden o no saben salir. 
Nadie puede negar lo práctico y cómodo que es este maravilloso invento, ya que desde el mismo momento que logró su total independencia del esclavizante cordón que lo ligaba a la pared, provocó una verdadera revolución. Nos permitió adelantarnos al futuro y estar en todos lados, sin movernos de casa. 
Hace dos décadas atrás eso era algo impensado, solo ocurría en las películas de James Bond.
Nadie en su sano juicio podía afirmar que un aparato con esas características, podía masificarse y que hasta el más humilde de los mortales llevaría en sus bolsillos, dos de estos maravillosos artefactos. 
Hoy en día la sofisticación ha llegado a tal punto que se puede ver un canal de TV, bajar información de Internet, filmar acontecimientos, grabar voces, y mil opciones más. 
Por lo tanto no es de extrañar que dentro de poco tiempo, también cocinen chipa y ceben un frío terere. 
Actualmente se ha constituido en un elemento indispensable dentro del desarrollo de la vida moderna. Sin embargo, su constante uso ha generado una dependencia tal, que ya se considera en un simple vicio. 
No existe ninguna moderación en su uso y el abaratamiento de las tarifas, por parte de las empresas, ha contribuido a empeorar definitivamente, el abuso ya antes mencionado.
Según un estudio hecho por una muy conocida universidad de EEUU, cuyos informes aún no son concluyentes, nos anticipan que tendremos dentro de un par de años, toda una generación de ciegos, ya que su uso constante, y con luz inadecuada, podría, con el tiempo, producir una paulatina e irreversible pérdida de la visión. 
Pero esto no es lo peor. Lo realmente negativo y asustador, es que la gente permanece por horas, como embrujada ante la pantalla del celular. Con una actitud muy similar a la de un autista. 
He visto a muchos adolescentes y los que ya no lo son tanto, mover los labios casi imperceptiblemente, como en un estado de trance místico, y en donde es muy difícil llegar a despertarlos. 
Esta gente que se ha tornado “celular-dependiente” siente impulsos irrefrenables de “chatear”, a tal punto, que es imposible detener su irracional acometida. Cuando por un caso fortuito, no pueden estar con el celular encima o bien este no funciona, el poseedor de dicha maravilla se vuelve como loco, totalmente perdido e increíblemente indefenso y desconectado del mundo. 
En el caso que todo funcione bien, será realmente difícil que ellos miren a tu cara mientras usan el aparatejo, porque sólo tienen ojos para su querida y adorada pantalla. 
Es imposible mantener una conversación fluida y coherente con estos fono-adictos debido a que cada dos ó tres minutos recibe una nueva llamada y uno que está por decir algo, debe tragárselo ó esperar con paciencia otra oportunidad, si no se olvida uno lo que estaba por decir. 
Y aunque ellos no lo sepan, están tan enfermos como un adicto al alcohol, al tabaco, a las drogas y si no reciben una rápida ayuda, el sujeto puede caer en extremos jamás impensados. Por ejemplo, no estar atento al cruzar la calle ó conducir mientras se está hablando o marcando la llamada. 
También despierta el interés de aquellos ladronzuelos prontos a atacar a las posibles víctimas, que por lo general son adolescentes tontas, que se pasan todo el santo día, chateando con algún badulaque. 
La gente que no se desprende del celular, ni cuando se encuentran sentados en el inodoro, es realmente digna de lástima. Este dichoso aparatito ha llegado a cambiar el estilo de vida de toda esta última generación. 
Me acuerdo que en mi juventud, lo primero que hacían las jovencitas, al despertarse, era ir a lavarse la cara y luego lavarse su ropita interior. Hoy en cambio, apenas con uno de los ojos abiertos, ya empieza a manosear su celular con una libidinosa maestría, digna de la mejor amante. 
Retomando el tema iniciado al principio, aquella experiencia con la gente de Foz de Iguazú, me dio mucho en que pensar y así sacar mis propias conclusiones. Primero, nuestro pueblo está tan enfermo que no ve sus propias insanias y esta es una de ellas. 
Segundo, no es la tecnología quien fomenta el “autismo” o sea la nula comunicación entre seres humanos, si no nosotros mismos, los que la promovemos, y tomamos a esto como si fuera una maravilla en vez de una enfermiza alienación 
La tercera razón, es el abuso de lectura de las letras tan pequeñas, así como el brillo de la pantalla, que producen, con el mero correr del tiempo, una sensible disminución de la vista, acompañado de constantes jaquecas. 
Cuarto, la ansiedad que provoca la espera de recibir alguna llamada, origina una total dependencia al aparato, lo que conlleva a cambios de comportamiento y de humor. 
En mi caso personal, he dejado de ver a muchos queridos amigos, justamente por esta espantosa manía adquirida y que considero una total falta de respeto, cuando uno le habla y el otro sin levantar la vista, te ignora totalmente embobado ante una muda pantalla brillante. 

Para libros, menos del uno por ciento

Enrique Vargas Peña (foto de abc.com.py) 

Marta Lafuente, ministra de Educación, me sorprendió el pasado 23 de abril, cuando la entrevisté en la 9.70 AM, al revelar que menos del uno por ciento del presupuesto del ministerio a su cargo se usa para adquisición de libros y bibliotecas para el sistema público de enseñanza. 

El 22 de abril, el día anterior, el diario Ultima Hora publicó una estadística que explica el escaso presupuesto para libros y bibliotecas: Los políticos de nuestro Paraguay han logrado que nuestro sector público sea porcentualmente el que más gasta en salarios de funcionarios, más de cuarenta por ciento del total del presupuesto se destina a salarios, contra veinte por ciento de Chile, diecinueve por ciento de Uruguay o diecisiete por ciento de Argentina (). 

Germán Rojas, ministro de Hacienda, me confirmaba, también en la 9.70 AM el 23 de abril, que eso implica que alrededor del noventa por ciento de todos los recursos tributarios que recauda el sector público se destinan al pago de salarios de funcionarios que integran la burocracia. 

Vale agregar que en el camino de sus dispendios, la clase política tiene el dudoso mérito de no solamente olvidar la compra de libros y la creación de bibliotecas, sino de haber condenado a nuestro Paraguay a sufrir la segunda peor infraestructura vial del Continente y una de las peores del mundo (). 

Creo que estos datos son suficientemente elocuentes como para pintar de cuerpo entero a la clase política paraguaya con rasgos que ninguno de sus integrantes puede ocultar. 

Los paraguayos nos libramos de los terremotos y de los tsnunamis, pero para causar el mismo o peor daño tenemos a nuestros políticos. 

La clase política paraguaya, mayormente aglutinada en los partidos Colorado (Asociación Nacional Republicana, ANR) y Liberal (Partido Liberal Radical Auténtico) aunque no únicamente en ellos, prefiere claramente gastar el dinero que el pueblo le da mediante sus contribuciones en crear salarios para sus amigos, aliados y clientes que en aplicarlo en dar a la gente que paga esas contribuciones la oportunidad de salir de la ignorancia o de ser competitiva. 

La clase política paraguaya, y nadie más, es la que controla el presupuesto general de gastos de la Nación. Lo ha controlado en los últimos veinticinco años y, por tanto, no tiene ninguna excusa, ningún pretexto, detrás del que pueda ocultarse para eludir su culpa en esta asignación de los recursos. 

La clase política paraguaya es, en consecuencia, la responsable exclusiva y excluyente, de mantener el círculo vicioso por el que se mantiene al pueblo en la ignorancia; como el ignorante no califica para trabajar en lugares que requieren algún conocimiento, se ve compelido a convertirse en cliente de algún político para obtener recursos para él y su familia; esos recursos los políticos los obtienen del sector público cuyo presupuesto controlan, y los asignan a esos salarios que crean sacrificando la compra de libros y la creación de bibliotecas con lo que aseguran que nadie salga de la ignorancia que les proporciona clientes. 

Mucha gente cree que nuestra nefasta y perjudicial clase política es el reflejo de nuestra sociedad. Eso es una mentira que no se sostiene ante ningún análisis serio sobre su composición. 

Nuestra clase política no surge de la voluntad del pueblo paraguayo. Es la excrecencia de componendas realizadas entre gallos y medianoche, a escondidas entre cuatro paredes, por no más de diez personas (Horacio Cartes, Luis Castiglioni, Javier Zacarías, Juan Carlos Galaverna, Nicanor Duarte Frutos, Blas Llano, Federico Franco, Efraín Alegre, Fernando Lugo y, hasta su muerte, Lino Oviedo), los autodenominados líderes de los movimientos internos de las organizaciones políticas quienes son los que designan, a dedo, a los integrantes de las listas de candidatos (listas sábana) por las que después, y sólo después, podemos votar los paraguayos sin demasiadas posibilidades de elegir siquiera el orden en que esos designados estarán en dichas listas. Este esquema se replica regionalmente para los liderazgos locales (Ramón Gómez Verlangieri u Oscar González Daher). 

Y como, además, las elecciones internas de las organizaciones políticas movilizan principalmente a las clientelas pagadas con dinero público de los jefes políticos, se tiene que las mismas no reflejan tanto la voluntad libre de los afiliados, como los condicionamientos que esos jefes políticos imponen a aquellos a quienes favorecen con el presupuesto. 

Las excepciones que se puedan encontrar a lo dicho en los dos párrafos anteriores (Carlos Portillo o Enrique Bacchetta) solamente confirman la regla. 

Para preservar este esquema absolutamente perverso, los partidos tradicionales ya están buscando excusas para no implementar el desbloqueo de listas (). 

Cuando se analiza a quiénes designan los jefes políticos para integrar las listas, se observa fácilmente que hay un gran ausente, el principio de representatividad. Las listas sábana no se integran para satisfacer las necesidades de la gente, sino para satisfacer los intereses de los jefes políticos. 

Me confesaba, en efecto, el diputado colorado por Itapúa Walter Harms, en la 9.70 AM el 22 de abril, que actualmente los integrantes de las listas sábana elegidos para desempeñar cargos electivos “están hipotecados” a esos jefes, incluso patrimonialmente hipotecados. 

Luego, es obvio que nuestra clase política no es reflejo de la sociedad paraguaya sino de los jefes políticos y, por si faltaran evidencias, lo prueba de modo difícilmente controvertible la manera en que usan los recursos públicos, menos del uno por ciento del presupuesto de educación en comprar libros o crear bibliotecas y alrededor del noventa por ciento de los ingresos tributarios para pagar a sus clientelas.   

Oligarcas y sus excusas contra desbloqueo

Enrique Vargas Peña  (foto de lanacion.com.py)

Nuestra clase (“Del lat. classis. 1. f. Orden o número de personas del mismo grado, calidad u oficio”) política está construyendo un sistema que tiene todos los aspectos de una oligarquía (“Del gr. ὀλιγαρχία. 1. f. Gobierno de pocos. 2. f. Forma de gobierno en la cual el poder supremo es ejercido por un reducido grupo de personas que pertenecen a una misma clase social. 3. f. Conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio”), en el que los políticos ejercen el poder supremo para que todos los negocios dependan de su arbitrio. 

Esta afirmación puede probarse con numerosas evidencias actuales: Los políticos son reacios a rendir cuentas sobre sus gastos; nos hacen pagar los salarios de sus recomendados; no quieren que los cargos públicos estén abiertos para todos los paraguayos en igualdad de condiciones sino que los quieren para sus correligionarios; pretenden mantener a los jueces que ellos han nombrado para proteger sus negocios; se oponen a transparentar los contratos públicos y se oponen con todos los argumentos que encuentran a disposición a desbloquear las listas sábana, es decir, se oponen a que sus líderes pierdan el poder de imponer al pueblo candidatos a cargos electivos. 

Tal vez una de las evidencias más notorias de la evolución de nuestro sistema político hacia una forma oligárquica sea la riqueza que los integrantes de nuestra clase política acumulan en el curso de su vida pública, sin que nadie pueda pedirles cuentas. 

La oligarquía es distinta y contraria a la democracia (“gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como reza la definición de Abraham Lincoln en Gettysburg). 

Hasta donde yo recuerdo, los paraguayos hemos elegido vivir en una democracia y no en una oligarquía y, por tanto, el propósito de los políticos de vivir en una oligarquía es contrario a la voluntad del pueblo paraguayo. 

En la democracia, el gobierno del pueblo se realiza mediante la participación popular en todas las decisiones sobre la administración de la cosa pública; y el gobierno por el pueblo se realiza mediante el control popular sobre todas las cuestiones referidas al manejo de la cosa pública. 

El sistema de listas sábana que impera en nuestro país es una consecuencia lógica e inevitable del sistema de representación proporcional que los políticos impusieron en el Artículo 118 de nuestra Constitución: No hay representación proporcional sin listas de candidatos. 

Ahí reside el poder de los jefes políticos, pues ellos son los que determinan quiénes integraran las listas de candidatos, sin consultar con nadie, sin depender de nadie. 

Los paraguayos les impusimos un primer paso hacia el control popular con el  voto directo. Ellos no lo querían. Lo detestaban. Hicieron lo posible por impedir el voto directo y, todavía hoy, claman contra el voto directo cada vez que pueden porque el voto directo estableció que el pueblo pudiera elegir, en las internas de las organizaciones políticas, entre varias listas de varios jefes, influyendo así en la posición que los designados por los jefes políticos tendría en la lista que cada organización tendría en las elecciones nacionales o locales. 

Pero el voto directo es un poder limitado del pueblo pues los jefes políticos siguen siendo los que conforman a voluntad las listas originarias de candidatos. Los jefes de los movimientos políticos son los que deciden, solitos y solos, quiénes integraran las listas de los movimientos políticos. 

Es obvio que el pueblo necesita limitar todavía más ese poder de los jefes políticos para poder concretar un poco mejor el concepto de gobierno por el pueblo. 

El mecanismo para limitar más ese poder de los jefes políticos es el desbloqueo de las listas, el desbloqueo total de las listas en las internas y en las elecciones nacionales y locales. 

Con el desbloqueo de listas los jefes políticos tendrán todavía el enorme poder de designar ellos solitos y solos a los integrantes de las listas de los movimientos, pero el pueblo podrá decidir el orden en que esos candidatos integren las listas, es decir los jefes ya no podrán determinar solos si sus favoritos tendrán o no lugares de preferencia en las listas, sino que el pueblo tendrá control sobre esa decisión. 

Es una mentira pura y simple, una mentira descarada y grosera, que el sistema de desbloqueo presente alguna dificultad. Con urnas electrónicas (con programación paraguaya) o con conteo electrónico, el desbloqueo no presenta dificultad alguna desde el punto de vista de la técnica de implementación. 

Esa es la razón por la que Julio César Velázquez ya no recurre al argumento de la dificultad técnica para oponerse al sistema, sino que se ve obligado a oponerse a él confesando, encubierta, la verdad: El desbloqueo, dice, debilitará a los partidos políticos. 

La verdad encubierta en la confesión de Velázquez es que el desbloqueo debilitará, y mucho, el poder de los jefes políticos de controlar ellos la cosa pública. Esa es la verdad. 

Velázquez pretende que en nuestro sistema el control de la cosa pública siga en manos de los partidos políticos, cuando en la democracia el control de la cosa pública no pertenece a los partidos sino al pueblo. 

Es el pueblo el que debe controlar las cosas, no los partidos. Si los partidos son los que controlan, estamos en una oligarquía. Es cuestión de leer las definiciones. 

Artículo publicado en la edición del domingo 20 de abril de 2014 de La Nación ().